El Monólogo de mi vagina

 

 

                                                                         

por Gina Corte

Si mi vagina hablara inundaría el espacio de palabras, si mi vagina hablara llenaría los oídos de historias, tendría tantas cosas que decir, tantas rabias que sacar. Si mi vagina hablara tal vez lanzaría primero un grito muy largo, un grito que durara muchos días, muchos años, tantos años como los que ha guardado en secreto lo que tiene que decir. Sin embargo, nunca se me había ocurrido que algo así pudiera pasar, que mi vagina pudiera decir alguna vez, mírame, existo, estoy aquí, tengo cosas que decir. Pienso en todo esto el día que leo a Eve Ensler, el día que descubro que hay alguien que escribe sobre lo que dicen las vaginas, pero sobre todo pienso en la posibilidad de que mi vagina grite y se exprese el día que la veo en un documental para televisión, ahí está, es Eve, la autora de Los Monólogos de la vagina, va por la calle y por el mundo con su voz, contando al mundo que las vaginas existen, haciéndolas gritar y llorar y hablar a través de su propia garganta.

 

Eve se sienta en su banquito discreto al centro del escenario de un teatro pequeño en Nueva York, desde ahí y desde su voz hablan las vaginas de todo el mundo, cuentan lo que se han callado durante cientos de años, se atreven por fin y descubren que es verdad, las vaginas son nuestro segundo corazón, nuestra segunda piel, el centro verdadero sobre el que gravitamos las mujeres. Todas hablan al mismo tiempo quitándose unas a otras la palabra, y entonces es cuando yo me pregunto ¿será cierto? ¿mi vagina tiene algo que decir? Si, si tiene, un montón de cosas, todas las historias que nunca me he querido contar, todos los secretos que he guardado en un baúl intocable, sellado con cerrojo por toda la eternidad.

 

Cierro los ojos como Eve, y me concentro en ese centro que es mi vagina, le doy nombre, reconocimiento y personalidad, le permito hablar, el baúl se abre con un estallido, como si fuera una olla a presión, mi mundo ha gravitado alrededor de ese centro y yo no he querido saberlo, no he querido verlo, pero ahora el baúl se abre y lo primero que sale en el estallido es ese grito ronco y prolongado que mi vagina ha estado guardando, y luego un montón de recuerdos, de historias, de cuentos que no he querido escuchar durante muchos años, todo sale de ahí, una estampida de palabras que se tropiezan unas con otras y corren en tropel como animales aturdidos. ¡Me has encerrado durante mucho tiempo!, dice mi vagina, ¡me has tapado la boca con un bozal y has pretendido que no existo! Me quedo atónita, sin palabras, lo único que me queda es llorar, llorar y escuchar a mi vagina recordar.

 

Recuerdo que de joven mi vagina era libre, que se negaba a sentirse avergonzada, recuerdo que era enérgica y orgullosa, que se sentía invencible y poderosa. Mi madre nunca nos habló de vaginas, jamás la escuché pronunciar esa palabra, nunca nos habló de menstruación, de genitales, mucho menos de sexo, mi madre era una mujer de los tiempos en que avergonzarse de tener vagina era la norma, para ella las mujeres nacemos sucias, nuestra naturaleza es vergonzosa y despreciable, somos sucias cuando sangramos, cuando nos mojamos, cuando cedemos al deseo de los hombres, la primera vez que menstrué no quise decírselo a ella, ni a ella ni a nadie, robaba toallas de su closet, las tiraba fuera de casa después de usarlas, me negué a ser despreciada por ella por el hecho de llegar a la pubertad, mi vagina se negó también a sentirse avergonzada de estar ahí, de ser cómplice de ese sangrado cíclico que nos delataba.

 

Luego se negó a ser condenada por sentir cosas, por inundarse de noche y llenarse de estallidos y olas cuando pensaba en algún muchacho. No sólo mi madre pensaba que eso era asqueroso e indigno, lo pensaban también las tías, las maestras, las amigas, las compañeras, los familiares inmediatos y los lejanos, las vecinas y las empleadas de servicio, el mundo entero más allá de las puertas de mi recámara que de noche se cerraban para que yo cerrara los ojos a solas y soñara mientras mi vagina se inundaba una y otra vez, negándose con contundencia a ser maniatada, silenciada y castigada por existir como un segundo corazón dentro de mí.

 

Se negó rotundamente también a ser enjuiciada y enterrada por los prejuicios cuando crecí, cuando a los veinte años decidí que quería sentir a un hombre ahí, gravitando como un planeta rendido alrededor de ese sol íntimo. A esa edad mi vagina era vigorosa y robusta, todavía segura de sí misma, reina y señora del territorio intocado de mi deseo joven, mi madre me despreciaba más que nunca en ese entonces, veía reflejadas en mí todas las suciedades de las que ella misma aún no dejaba de avergonzarse, pero mi vagina era imperturbable, y ninguna condena de mi madre le importaba realmente, mi vagina estaba decidida a sentir, a soñar, a andar el mundo y deshacerse en cascadas vibrantes cada vez que se le antojara. Aún ahora me sorprende esa valentía, esa forma que mi vagina tenía de desafiarlo todo, desafiar especialmente el juicio de mis padres.

 

Pero las vaginas jóvenes lo ignoran todo realmente, ignoran que el mundo es peligroso, que allá fuera hay mucha gente que odia con toda su entraña a las vaginas, hay mucha gente que les teme, que quiere callarlas a toda costa, silenciarlas para siempre, desaparecerlas, especialmente a las vaginas rebeldes, las que no quieren someterse a la vergüenza, al desprecio, al silencio. Y hay muchas formas de hacer callar a una vagina, los hombres han dedicado cientos de años a diseñar todo tipo de artimañas para que una vagina se anule, se someta a su voluntad, se avergüence de sí misma y se borre del mapa.  A los veinte años mi vagina era muy joven, y era muy ingenua, como son todas las vaginas a esa edad, y anduvo por el mundo algún tiempo, y conoció el deseo, sintió a algunos hombres dentro, a algunos los hizo girar sobre su centro.

 

Alguna vez uno de esos hombres quiso desposarla, quiso ser su único dueño, quiso meter un hijo ahí, y luego apropiarse de ese universo, ponerle un apellido único y garantizar con papeles su derecho. Antes de hacerlo, ese hombre quiso saber si mi vagina había tenido otros hombres dentro, le dije que sí, porque yo, como mi vagina, era ingenua a esa edad y tenía un desconocimiento asombroso de la naturaleza del mundo, le dije también cuántos habían sido, y entonces el hombre entró en cólera, se volvió un monstruo, lanzó gritos e improperios, destrozó objetos, mi vagina y yo nos arrinconamos, nos hicimos pequeñas y temblábamos, el hombre dijo que yo era una puta, y que era indigna del matrimonio, dijo que nadie me daría su apellido, que sería siempre una cualquiera, que mis hijos cargarían con el horror de mi deshonra. Mi vagina y yo nunca habíamos pensado en hijos, ni en deshonras, nunca habíamos pensado realmente en el futuro, porque el presente era fugaz, se nos escapaba.

 

No volví a ver nunca al hombre, pero supe que habló con todo el mundo de mí, supe que dijo a todos que yo era la vergüenza de mi familia,  que repitió muchas veces esa palabra, puta.  Todavía lo recuerdo, dijo que nadie me daría su apellido, y por dentro reí cuando lo decía, no comprendía ni tenía idea, mi vagina todavía recuerda la forma de su miembro. Ese hombre dejó una semilla dentro de mí, cargué en el vientre a nuestra hija durante nueve meses, no le volví a ver y no se enteró nunca de que a pesar de su odio, la vida se abrió paso a través de mi vagina. Dejó también sembrada la vergüenza ahí, dentro de mi vagina, de algún modo, de alguna forma subrepticia y desconocida, sus palabras se quedaron en ese lugar, enredadas, atrapadas a presión en un baúl sellado que se fue inundando de odio y de vergüenza, de desesperanza y de tristeza.

 

Dije a todos que no me importaban los prejuicios, pero desde ese día silencié a mi vagina, la hice callar, la borré del mapa, porque sus palabras se me clavaron en la memoria, su rostro encolerizado lanzando su sentencia está grabado en mi memoria. No sé si mi hija cargará con el peso de mi vergüenza algún día, espero que no, trato de ser una madre digna. Pero de noche las puertas de mi recámara se cierran, las luces se apagan, el silencio reina, entonces aparecen sus palabras, dan vueltas en mi cabeza durante años, durante décadas en que no vuelvo a dejar hablar a mi vagina. Es hasta ahora que el baúl estalla y ella grita.

Gina Corte

Antropóloga del alma, trata de reconstruirse desde dentro. Seguidora ferviente de Freud y el psicoanálisis, cree que la autorreflexión y la autoconfianza son las mejores armas para cambiar al mundo.

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   monólogo, vagina, Gina Corte

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