El Espejo

FUENTE:  Pinterest                          

Por La Orgullosa

JULIO 23, 2018

Todos los días por la mañana, lo primero que hago es mirarme al espejo. Es un ejercicio muy común que la mayoría realiza. Algunos lo harán de manera descuidada y con prisa por llegar al trabajo. Otros, de manera automática, se verán reflejados en su superficie sin verse realmente. Y otros más lo harán con entusiasmo, admirando la perfección de esa imagen que los hace sentirse poderosos.

Para mí, el momento matutino de mirarme al espejo es un ritual. Es el instante en que hago un recuento de mi vida para situarme con conciencia en el presente. Cada nueva arruga que se refleja en él me recuerda una vivencia. El tiempo no ha permanecido estático, y mi imparcial imagen proyectada así me lo grita. Es imposible no recordar los actos que dieron nacimiento a cada una de las marcas de mi efigie reflejada sin retoques.

Así que cuando ves profunda y atentamente la imagen que el espejo te refleja, no hay sitio alguno donde puedas esconderte. Es como un verdugo que te impulsa a enfrentar la verdad y, finalmente, después de un rato de observarte detenidamente, no hay secreto que quede oculto a la luz de esa mirada penetrante que te observa y te desnuda hasta los huesos.

Pero el espejo de cristal que te delata y obliga a enfrentar tus demonios no es el único que te refleja tu verdadero yo. Sales a la calle,  comienzas a buscar en los otros esas señales siniestras que te devolvió… Y entonces sucede lo que aprendiste a hacer con tu reflejo matutino, empiezas a verlo en otros seres: en la chica irascible y maleducada que insulta a la mesera por no traer a tiempo su café; en el hombre que patea a un perro porque le estorbaba el paso; en la mujer que se detiene a darle limosna a un pordiosero.

En ellos, y en muchos más, logras ver los rasgos de tu propio carácter, de tu forma de ser. Hay algunos que te recuerdan con sus actos tus defectos, esos que más repudias; tus secretos mejor guardados; tus impulsos incontenibles. Y esa es la gente a la que más odias, a la que rechazas  y contra la que maldices, porque en verdad les tienes miedo. Porque ellos te devuelven íntegro el reflejo de tu maldad oculta, de lo que serías capaz de hacer si creyeras que tu integridad física o tu bienestar peligraran.

Entonces huyes de la gente, de sus reflejos buenos y malos, porque no quieres saber del ser contrahecho y vil que llevas dentro, escondido en la parte más siniestra de tu persona.

Regresas a tu espejo matutino, vespertino, nocturno, al único que te conoce y te habla de tus temores más recónditos; el que te expone como si estuvieras bajo una lupa y exhibiera la materia verdadera de la que estás hecha…

Observas con detenimiento esa arruga en medio de la frente, y los recuerdos se agolpan. Entonces, el espejo te mira, o tú te miras en su interior con una mirada sumisa, casi a punto de las lágrimas, y solo ruegas porque esa marca que endurece tu rostro sea solo el trazo del paso del tiempo que transcurre sin consecuencias.

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