El dinero y Yo

por Rebeca Navarro

 

Este artículo debería titularse en realidad, “Mi vergonzosa y enferma relación con el dinero”, nomás para empezar. Porque es verdad, y tengo que confesarlo, tengo una muy enferma relación con el dinero. Yo no lo sabía, pero como que ya me lo imaginaba, porque siempre he sentido una especie de culpa inmensa cuando me lo gasto.  Obviamente yo me gasto el dinero todo el tiempo, a la menor provocación, con cualquier pretexto, por aquí entra en mi cartera, y sale de inmediato en alguna tienda, ya sea en línea o tienda física, sea supermercado o tienda departamental, boutique, zapatería, restaurante o antro, llámele como quiera, el dinero no hace más que salir, salir de mi bolsa a penas ingresa.

 

Siempre me he preguntado si esta patología es algo nomás mío o le pasa a todo el mundo, cuando menos me imagino que le ha de pasar a casi todas las mujeres, porque la verdad, ¿dónde se ha visto una mujer medida y responsable en una tienda de ropa o de zapatos? No, no creo que eso exista, todas gastamos lo que no tenemos, lo que jamás nos sobra, todas caemos dramáticamente en esta manía, en este vicio de comprar para calmar la ansiedad, para anestesiar la frustración y engañar a nuestras conciencias. Todas cojeamos de la misma pata, de eso estoy segura.

 

Basta con darse una vuelta en Zara o en Bershka algún fin de semana, estamos todas ahí, por si nos buscaban, todas las mujeres ansiosas y desesperadas como yo, todas las que llevan vidas caóticas y llenas de miedo y culpa, vidas como si fuésemos siempre a bordo de una montaña rusa. Ahí nos reunimos todas para desahogarnos, para hacer la catarsis indispensable cuando al fin llega el viernes y podemos huir de nuestras rutinas agobiantes.

 

Vamos como almas en pena, como fantasmas del consumismo, llevamos las caras pálidas y los harapos gastados y pretensiosos que algún otro día hemos comprado ahí mismo. Buscamos como enajenadas entre los estantes atestados, entre los cajones de ofertas, entre los sobrantes multicolores de otras ventas. Tomamos lo que podemos, alguna prenda barata que de pronto brille escondida entre montones de trapos que quisiéramos fuesen prendas finas.

 

Y compramos, compramos, para desahogarnos, para liberar las penas, todo lo que se pueda, compramos porque no tenemos dinero, no tenemos fortunas ni dichas duraderas que nos aguarden a la vuelta de la esquina. Gastamos nuestros dineros, nuestras miserias, para creer por un par de segundos que podemos hacerlo, que somos afortunadas, que algo valen 80 horas de trabajo a la semana, que valen la pena los gritos, los acosos en la oficina, los maltratos de los esposos, lo puerca e injusta que es la vida.

 

Soy como todas ellas, esas almas en pena del capitalismo, me gasto el escaso dinero que gano en baratijas. Es un vicio irresistible, una adicción verdadera que me hace sentir una culpa inmunda, me hace sentir como una basura. Saco la cartera en Wallmart y pago mis porquerías con la tarjeta de crédito que saqué con sacrificios hace ya mucho tiempo. Es un dolor de cabeza esa espantosa tarjeta que no hace más que acumular deudas. La cajera la desliza por la terminal bancaria y yo siento cómo todo mi cuerpo se eriza, tengo la consciencia sucia, ya sé que se está acumulando mi saldo y se va juntar con el del mes pasado,  sé también que todo lo que llevo en el carrito va a acabar en algún momento en la basura.

 

Es un ritual de tortura, pero tengo muy claro que este año tampoco voy a poder cambiarlo, el mundo va a seguir girando, yo voy a seguir comprando, voy a seguir gastando el poquísimo dinero que gano, voy a seguir sintiendo esta miserable culpa por el resto de los años, y qué se le va a hacer, alguien tiene que darle cuerda a la máquina.

 

Dicen los asesores de finanzas que quien gasta lo que no gana será pobre por los siglos de los siglos amén. Cuando los escucho en la radio la culpa se me dispara. Voy a ser pobre toda la vida, de eso no me queda duda. Tengo una relación tóxica con el dinero y no hay terapeuta que pueda sacarme de ésto, y si lo hubiera, no tendría dinero para pagarlo. Somos lo que compramos, y somos también lo que no ahorramos, dicen los sesudos financieros de la radio. Ajá, yo soy todas esas cosas, lo confieso. Pero he sido siempre pobre, siempre lumpen, siempre asalariada y endeudada, una pieza insignificante y emproblemada de este sistema consumista.

 

Compro porque no tengo dinero, porque lo deseo todo y en el fondo sé que no puedo tenerlo. Esa noción terrible me asfixia todos los días, así que de vez en cuando me abro una ventanita para poder respirar, salgo de trabajar los viernes con un agobio del carambas, me voy a Zara, a Bershka, a Nine West, a Invonne, ya de a perdis a Mega, y compro, compro, con lo poco que me queda, las baratijas de siempre, las que los viernes brillan en las tiendas y los lunes recobran su apariencia real de porquerías, atipujadas en los viejos armarios de mi recámara.

 

Qué se le va a hacer, el dinero y yo no nos llevamos bien.

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Rebeca Navarro

Obsesionada con los cuentos de hadas, se la pasa pegada a la televisión y le gusta dejar las cosas para el último. Sueña con un día cobrar por sus escritos.

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   dinero, finanzas, deudas, compras, Rebeca Navarro

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