El corazón y su lugar equivocado

 

 

                                                                         

por Tonatiuh Arroyo

Mi bisabuelo, Juan Bautista Angulo, quien era un hombre sensato, decía que la vida es apenas el albor de un suspiro; que, de pronto, cuando ha pasado “el enamoramiento” de las sensaciones iniciales –de la infancia y la juventud–, “todo pasa aceleradamente, hasta llegar a un punto en el que te desplomas en caída libre hacia un vacío sin fondo”.

 

Juanito, quien no era médico ni quiso serlo nunca, pues esos hombres de blanco siempre le molestaron con “sus disfraces antisépticos y sus actitudes santurronas”, también afirmaba que el corazón y el cerebro ocupaban sitios equivocados.

 

“El pálpito, a veces suave, a veces recio, debería estar en la cabeza, ¿para qué chingados quieres pensar? Los pensamientos estorban, hay que ponerlos abajo, aprisionarlos y cuidar que no se escapen por la boca”.

 

Para él, imponer la lógica de la razón a la del corazón era un empeño estéril destinado al fracaso. No obstante, también advertía que llevar a cabo esa operación llevaba la penitencia  de “meterse en territorios ásperos”, de los cuales “no siempre se puede salir sin arañazos”.

 

Esa idea se hizo más visible para mí la tarde en que Ricardo –mi mejor amigo de la prepa– y yo pretendíamos asimilar en unas cuantas horas todo lo visto durante el curso de Biología para aprobar un examen extraordinario.

 

Aquella vez, de manera petulante, Ricardo me soltó un dato pseudocientífico –que había pergeñado de quién sabe dónde– acerca de que una de las diferencias entre los mamíferos y algunos crustáceos era que los segundos no tenían el tórax separado de la cabeza, y que esa porción de su cuerpo se llamaba cefalotórax (o algo parecido). “Así que tienen el corazón en la cabeza”, me aseguraba.

 

Esa información, cierta o falsa, pudo haberle servido a mi bisabuelo para engrosar su lenguaje alegórico y, quizás, le hubiera sacado jugo para reforzar su noción de que en la vida también hay que salirse de los lindes de la razón y ser más intuitivo.

 

Al paso de los años, coincido con él en que los afanes del corazón pueden transformarnos o descomponernos, pero el riesgo de creer en él es ineludible para continuar trazando el lienzo de nuestros destinos antes de llegar a ese punto “en que todo se desploma”. Juan Bautista Angulo vivió 87 años guiado por sus corazonadas y hasta donde sus prejuicios se lo permitieron, incluso con el corazón en el lugar equivocado.

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Tonatiuh Arroyo

Dipsomaniaco y nadador intermitente. Utiliza los alias Julio Arroyo y Tony Arce porque la mayoría de la gente no pronuncia bien su nombre. Usa la escritura como medio de supervivencia.

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   corazón, sentimientos, razón, Tonatiuh Arroyo

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