El arte de la conversación

por Andrea Campuzano

 

A veces se me ocurre que si pudiéramos sentarnos a conversar civilizadamente entre personas, entre esposo y esposa, entre novio y novia, entre hombre y mujer, entre amigo y amigo, entre ciudadano y ciudadano, la vida tal vez, solo tal vez, podría ser distinta. Si alguien nos hubiera enseñado alguna vez el camino de la sensatez, del diálogo amistoso, el arte de limar las asperezas hablando, tratando de entendernos, nuestras historias serían seguramente muy diferentes.

 

Pero conversar, hablar entre dos personas escuchando al otro, intentando seguir el hilo y el sentido de sus palabras, es realmente un arte en desuso, un saber que ha quedado muy lejos de nuestras habilidades cotidianas, de nuestras rutinas convulsas y agitadas, de nuestras agendas saturadas, nuestros tiempos reducidos, los espacios precarios en los que vivimos, nuestros sentimientos confusos, nuestras emociones contenidas.

 

Hablar, con todas las de la ley, expresar a cabalidad lo que estamos sintiendo, más que lo que pensamos o creemos que pensamos, es una habilidad que nuestros padres no nos enseñaron, que nuestros maestros nunca mencionaron y la gente a nuestro alrededor no practicaba delante de nosotros. Expresarse con la palabra, sentir al otro a través de lo que dice, escuchándolo, el acto complejo que todo eso implica, es algo que no estuvo nunca en nuestra formación académica, en el complicado curriculum de vida, en la rutina diaria de nuestra infancia, de nuestra juventud, de los años universitarios o los inicios de la vida adulta.

 

La norma en las sociedades modernas es exactamente la opuesta, lo que privilegian los tiempos contemporáneos es callarse los sentimientos, guardarlos muy adentro, no hablar nunca de lo que nos duele, lo que nos preocupa, lo que nos hace vulnerables. Nos hacemos, desde muy jóvenes, expertos en la destreza de aparentar, de guardar silencio, de ocultar nuestros sentimientos más profundos, todo aquello que nos avergüenza. Nos volvemos desde niños maestros en el arte de presentar ante el mundo la apariencia de la fortaleza, de hacer creer al otro que sus actos no nos afectan, que somos de acero y nada es capaz de rompernos. Callamos lo que nos duele porque no queremos ser los perdedores, los fracasados, porque solo ese tipo de personas hablan de lo que les lastima, solo ellos se quejan y expresan sus angustias. Es eso lo que la sociedad nos enseña desde edades muy tempranas.

 

En un mundo diseñado así, guardar silencio sobre nuestras emociones es sinónimo de grandeza, de templanza, ocultar lo que sentimos en lo más hondo de nuestra conciencia es una virtud que aprendemos a cultivar desde la infancia. Nuestras habilidades naturales para expresar las emociones van quedando rezagadas a lo largo de la vida, hasta que nos olvidamos de ellas, hasta que llega un punto en el que no tenemos idea de cómo hacerlo, cómo hablar sobre lo que nos importa, lo que nos determina, cómo hacer que el otro nos comprenda, cómo escuchar al otro, de qué manera establecer con otra persona el vínculo de la comunicación real, de qué manera hacer un alto en el camino y sentarnos a conversar.

 

El arte de la conversación es mucho más que decirle a quien nos escucha lo que queremos o lo que pensamos, es algo más profundo y tal vez más complicado. La conversación es un ritual que demanda de quienes conversan una entrega plena y concentrada en el acto de vincularse mediante las palabras, significa construir conexiones profundas entre el que se expresa y el que escucha, es establecer un equilibrio armónico entre dos que tratan de conocerse, de comprender la experiencia vivida en el cuerpo del otro, las variables particulares de su propio lenguaje. Conversar es crear armonías cósmicas, sincronizar energías emocionales entre dos personas, colocarse voluntariamente en la piel del otro, abrir un espacio virtual en nuestro interior para que el otro se coloque baja nuestra piel propia.

 

Conversar es vincularse a través de la palabra, es atreverse a desnudar el alma mediante el diálogo, establecer el juego recíproco del habla en una alternancia sincronizada del dar y el recibir usando la voz como puente entre las conciencias, entre lo que algunos llaman almas.

 

El arte de la conversación requiere el desarrollo de destrezas muy humanas, aprender a expresar las emociones con transparencia, a mostrar nuestras debilidades y nuestra voluntad de superarlas, educar el oído para la escucha atenta, aprender a sentir desde otro cuerpo, a entender desde otra vivencia. Conversar es un aprendizaje que requiere empeño y práctica. Y no es fácil. Tal vez sea éste el aprendizaje más complicado que los seres humanos debemos alcanzar. Tal vez su complejidad y sus altas demandas sean la razón por la cual la humanidad en su conjunto ha dejado de lado este ejercicio.

 

Sin embargo, dominar este arte es la tarea más importante de nuestras vidas, la más urgente, al menos en los tiempos que vivimos. Comunicarnos con el otro se ha vuelto una posibilidad remota y casi utópica en estos días, saber lo que le vulnera, lo que le lastima, lo que le determina, conocer su experiencia de vida, enriquecernos a través de ella.

 

Sí, son tiempos duros los que nos ha tocado vivir, tiempos salvajes y despiadados. Ya nadie se sienta a conversar civilizadamente, humanamente, a nadie le interesa conocer al otro. Las redes virtuales nos lo han robado todo, han mercantilizado la comunicación y el vínculo con el otro, nos hemos vuelto esclavos del vacío tecnológico, de la superficialidad del entramado virtual, nuestra moneda de intercambio emocional se ha vuelto un simple y deshumanizado like.

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Andrea Campuzano

Vegana estricta, practica yoga y es un alma viajera. Le gusta experimentar la vida y siempre está en busca de nuevas emociones. Actriz de vocación: le tiene miedo al escenario.

Los Calzones de Guadalupe Staff

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