El Amor en los tiempos de WhatsApp

FUENTE:  Pinterest/ Los Amantes de Magritte                               

Por Delia Millán

JUNIO 19 2018

Amarse nunca había sido una experiencia tan distante y extraña como en nuestra era. Nunca antes como ahora los seres humanos habíamos desarrollado un grado tan exquisito de individualismo, egolatría y desconexión con el otro. En ningún otro tiempo como en el nuestro habíamos contado con tantos y tan variados distractores a la mano. Hoy nos amamos a ratos, y a ratos nos olvidamos, nos damos unos a otros un afecto robótico e intermitente, porque en el centro de todo están los dispositivos digitales que nos comunican con el resto del mundo, sobre la mesa  cuando comemos, bajo la almohada mientras dormimos, muy cerca de la regadera cuando nos bañamos, en el acceso sin límites del manos libres mientras conducimos. 

El apego a las tecnologías nos ha transformado, y el cambio ha sido sin que nadie lo note extremadamente profundo. El amor en nuestras prioridades ha pasado a segundo término, porque a través de las redes sociales se puede tener compensación inmediata del ego y amplia aprobación sin esfuerzo. El otro virtual está siempre disponible y la infidelidad se ha vuelto una tentación posible que ha perdido connotación de pecado y ha disuelto en el océano virtual sus límites. La actualidad ha cobrado tintes de irrealidad novelesca y hoy se puede engañar a la pareja teniéndola, incluso, al lado de la cama.

Miles de relaciones se desdibujan y finalizan cada segundo en nuestra época de vínculos virtuales vacuos y recompensas ficticias. Nada es capaz de retener nuestro interés y muy pocas cosas nos arraigan. Y, sin embargo, en ningún otro tiempo como en el nuestro la calidad de nuestras vidas había dependido tanto de la relación de pareja.

Los seres humanos del nuevo siglo nos hemos convertido en criaturas emocionales y vulnerables que necesitan encontrar sentido en sus vidas para alcanzar la felicidad completa. El sexo ha dejado de ser una necesidad meramente reproductiva y se ha convertido en parte de nuestra identidad. Aun así, nos hemos vuelto incapaces de establecer conexiones reales con nuestras parejas, de crear lazos emocionales profundos.

En la forma en la que hoy en día nos relacionamos priva la indiferencia, el descuido continuo y la negligencia, priva el desprecio soterrado y la violencia pasiva. Nos hemos vuelto cercanos autómatas que han relegado al olvido el diálogo significativo y el contacto humano. Creamos vínculos rutinarios y desarrollamos familiaridades superficiales que lentamente van acabando con la sensualidad espontánea y la novedad de la que se nutre el deseo. Porque el deseo está hecho de riesgo y de naturalidad, de un poco de miedo a lo desconocido y ansiedad por lo que nos es ajeno. Y nada de eso existe ya en el amor actual. 

El amor en el siglo XXI está hecho de inseguridad, de desconfianza contenida, de extensas necesidades insatisfechas y compulsiones histéricas, deformaciones de la personalidad con la que nuestros hábitos digitales nos hacen crecer. Hoy más que en cualquier otra época nos relacionamos con el otro como seres incompletos, pervertidos por nuestras neurosis freudianas y nuestras carencias afectivas. Hacemos del amor una única empresa en la que buscamos encontrar la totalidad de las experiencias que puede ofrecer la vida.

Pero el amor no es ni ha sido nunca tal cosa. El amor no es más que la apreciación mutua, la gratitud por las cosas simples de la vida diaria, el regalo del espacio personal y la humildad de la admiración compartida. Fuera de eso no hay más. Ser todo para la otra persona no está en nuestra naturaleza imperfecta, tampoco ser una opción secundaria en un monólogo digital con la adoración ególatra. 

Las relaciones de pareja son empresas compartidas que solo crecen y se sostienen cuando se alimentan, cuando se nutren del contacto cercano, del afecto solidario, de la confianza mutua, de la intimidad y el deseo. Antes el matrimonio duraba hasta la muerte, pero en nuestra era el matrimonio dura hasta que el amor se muere, y eso sucede muy pronto en los tiempos que corren, porque cualquier emoción que no se alimenta muere. 

Tener una relación estable requiere algo más que buenas intenciones, se necesita un proyecto de vida en común. Existen muchas personas con las que se puede tener una historia de amor, pero existen muy pocas con las que se puede construir una vida, y para construir un proyecto de vida en común se necesita una visión y una misión compartidas, valores comunes. Todas estas cosas no están en el dominio de los sentimientos, sino de las creencias y la razón. 

Cualquiera puede casarse y simular una relación, pero en los tiempos del WhatsApp y las relaciones virtuales establecer un vínculo de amor real exige de la pareja muchísimo más, requiere la irreverencia de rechazar lo establecido, retar el discurso existente y ser profundamente creativo. Hoy más que nunca para amar se necesitan hombres y mujeres valientes, dispuestos a dar un salto al abismo del contacto humano, de cancelar sus redes virtuales y despojarse de su teléfono celular.

 

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