Detrás del infinito

 

 

                                                                         

por Eréndira Svetlana

Lucía extiende los brazos a ambos lados respirando hondo y cerrando los ojos como si absorbiera en un suspiro todo el universo. Sobre la hierba, su cuerpo de doce años parece insignificante y más pequeño.  

 

—Tírate sobre el pasto como yo —dice— y extiende tú también los brazos.  

 

Hemos caminado más que de costumbre y hace rato que la casa se ha vuelto un punto diminuto a lo lejos, sobre la raya del horizonte. Detrás, el azul iluminado de los volcanes amantes que la custodian me devuelve la seguridad de la cercanía. Estoy cansada y quiero volver, pero Lucía es inquebrantable.   

 

—¡Ándale, tírate! —insiste.  

 

Me dejo caer vencida por el cansancio y convencida —como siempre— de que es inútil contradecir a Lucía desde la inferioridad de mis ocho años. 

 

—¡Cierra los ojos y mira! —me ordena.  

—¡Lucía, estoy cansada!

—¡Cállate y mira! 

 

El sol del mediodía, como un punto incandescente, se clava sobre mis retinas a través de mis párpados infantiles, urgiéndome a fruncir el ceño y a cubrirme los ojos con las manos, pero Lucía me jala los antebrazos, como siempre, impidiéndome protegerme. 

 

—¡No seas llorona!, míralo de frente. 

Quisiera decirle que me lastima, que esa mancha roja se me graba por dentro de la mirada y me ciega, que  pasan muchas horas antes de que desaparezca. Por las noches, cuando la luz se apaga y cierro los ojos para esconderme de esa oscuridad, la mancha regresa junto con sus palabras y me llena los sueños de incendios y gritos. Pero no puedo.

 

Nada puede convencer a Lucía de abandonar su desafío. Porque Lucía quiere retar al sol, a ratos cerrando los ojos y a ratos mirándolo de frente. Y piensa que yo debo retarlo también para estar a la altura de su confianza, para ser digna de sus palabras, de su compañía y sus enseñanzas. Y aunque yo no quiero ser digna de nada ni acompañarla hasta donde hemos llegado, cierro los ojos y sostengo con resignación la puñalada del sol, porque me da miedo abandonarla en medio de este campo abierto. Porque sé que después de este desafío buscará el siguiente, y no quiero que se acerque a esa laguna honda en la que hay sapos enormes del color del lodo con burbujas asquerosas sobre la piel, de esas que se inflan espantosamente como si fuesen a reventar cuando los sapos se sienten amenazados. 

 

Lucía puede perderse en ese desafío por horas interminables, mientras yo me quedo dormida de tanto esperar o me escabullo sin que ella lo note hasta la orilla de un charco profundo para mirar a los ajolotes en sus acalambrados movimientos fugaces.    

  

El mundo está hecho de certezas para Lucía. De fenómenos precisos que solo hay que estudiar con sus leyes y sus fórmulas, y en todo caso de eventos para desafiar. Por eso encara al sol del mediodía y diseca mariposas enterrándoles un alfiler por el centro del cuerpo cuando aún aletean moribundas. Por eso caza ranas verdes en julio y las mete en un frasco gigantesco, y recolecta el agua sucia de los charcos en las épocas de lluvia. Por eso un día mató de un despiadado pisotón al blanco pichón que nos regaló la abuela, y luego se quedó absorta mirando cómo se desangraba sobre las losas del patio trasero de la casa. Ella es así, incrédula, científica, exacta, autosuficiente, incomprensible, tal vez un poco desalmada. 

 

"¡Soy la reina del pantano!", grita con la fuerza inagotable de su garganta y se lanza cuesta abajo, a una velocidad que espanta, para recorrer los cien metros que separan la cima de la colina de la orilla lodosa de un lago espeso, colmado de ajolotes y ranas, en pleno julio, sol y lluvia, hedores profundos, un vaho iluminado que todo lo confunde, días y atardeceres, venturas y mentiras, los años que nos alcanzan y no vuelven. Medio metro antes de llegar al borde de la laguna se detiene de golpe en el último salto quedando inmóvil, sus pies amarrados a la tierra mojada, los ojos fijos en la espesura de las aguas, casi sin parpadear, los brazos sobre los costados, las manos apretadas. Un segundo después suelta una carcajada, y rodea el pantano a grandes saltos, desafiando mis temores, mis súplicas de regresar a la cima. De rodillas, todavía en la punta de la colina, un sudor frío me recorre las sienes y las mejillas junto con la idea temible de que Lucía caiga al agua y yo no pueda sacarla, y tenga que volver corriendo a casa a pedir ayuda, a gritar que Lucía se ahoga. 

 

—Mira, tonta, no me pasa nada, a mí nunca me pasa nada, soy la reina, ¡la señora del pantano! Y tú la miedosa, la gallinita miedosa.  

 

Entonces saca su enorme frasco y mete la mano en el agua verde y estancada de veranos vaporosos para sacar sus tesoros, sus pequeños, sus querubines asquerosos, las manos llenas de lodo y esa agua verdosa en la que se sacuden endiablados animalillos tratando de escapar de las garras de la curiosidad del monstruo. Los mira con avidez científica durante largo rato, inspeccionando sus movimientos, el tamaño de sus colas alargadas, sus agitadas luchas por escapar, unos sobre otros, los más grandes desplazando a los pequeños, con sus inquietos aleteos inútiles frente a la mirada escrutadora de su captora. Después me los muestra triunfante, los brazos escurriendo la suciedad de su proeza,  el gesto desafiante de satisfacción, un brillo morboso en la mirada perdida en la oscuridad de sus inquietudes que no entiendo.  

 

—¡Ya puedes venir, miedosa!, regresemos a casa. 

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   infancia, hermanas, recuerdo

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