Del Amor y otros Demonios Parte 3

FUENTE: Pinterest

Por XÓCHITL NIEZDÁNOVA

Alguna vez un amigo mío muy querido comentó algo que me dejó boquiabierta: “el propósito de las relaciones de pareja es la reproducción de la especie”, hablaba completamente en serio, y para él la institución del matrimonio destinada a proteger a los hijos era simplemente el marco legal creado por los hombres para darle un destino social a nuestra biología instintiva.

Mi primer impulso como digna representante del romanticismo en decadencia fue la negación total ante tal afirmación erudita. No soy una mujer de ideas recalcitrantes, más bien me considero de mente abierta y flexible, y por mucho que mi amigo hubiese creído tocado el punto central del dilema de las relaciones hombre mujer, no solucionaba en mi mente la razón de los encuentros y desencuentros entre ambos sexos a lo ancho y largo del globo terráqueo. No en balde ambos géneros hemos sufrido estos últimos 20 años, la tragedia del divorcio en nuestras respectivas mentalidades, y el alejamiento paulatino de la posibilidad de una vida gratificante en pareja.

“…como buena soñadora lo primero que rechazo es el hecho de que hombres y mujeres se enamoren tan solo para procrear…”

No estoy generalizando, sé que hay parejas que han afrontado con éxito su destino para estar juntas y fincar una familia. Pero como buena soñadora lo primero que rechazo es el hecho de que hombres y mujeres se enamoren tan solo para procrear y preservar la especie. Se ha hablado de razones de peso para que la crisis de pareja sea uno de los productos, o mejor dicho, efectos colaterales de nuestra perversa sociedad de consumo. Algunos han aludido a una involución en el proceso de maduración de nuestra especie, se ha hablado del síndrome de Peter Pan, de temas tan dramáticos como la misoginia, el machismo, etc. Y todos ellos en mayor medida forman parte de los elementos que han dado como resultado que las posibles parejas opten por llevar vidas individuales ante lo azaroso de las relaciones de a dos, y sus múltiples inconvenientes.

Para mí, el amor en todas sus fórmulas, incluido el amor romántico o de pareja sigue siendo la respuesta a nuestra evolución como especie humana. No tenemos por qué seguir aferrándonos a esquemas de comportamiento que muy probablemente estén dando sus últimas patadas. Es posible que el matrimonio como institución no tenga un largo futuro por delante. Es posible que el amor tenga que incluir en su fórmula la atracción entre seres del mismo sexo, al menos se ha defendido suficientemente esta opción durante las últimas décadas. Pero lo más relevante para mí, si deseamos resolver el abismo entre hombres y mujeres creado por el desamor y el egoísmo personal, es regresar al núcleo de nuestra originalidad como especie en lo general y desde luego en lo individual.

 

“Un equilibrio entre razón e instinto sería en todo caso la fórmula del éxito en todas las áreas sociales”

Los seres humanos no somos solo biología, por más que mi erudito amigo así lo considere. Nuestra razón nos distingue del resto de los seres vivos del planeta y es la razón la que traza el camino único y original de nuestra especie. Un equilibrio entre razón e instinto sería en todo caso la fórmula del éxito en todas las áreas sociales, incluyendo la de las relaciones. Y es cierto que tanto hombres como mujeres debemos ir al centro de cada una de las razones que nos separan y transformarlas. La atracción entre sexos es natural, pero la decisión de franquear las dificultades para acceder al amor, culmine o no en matrimonio, es algo que corresponde innegablemente a la esfera de la razón y la volición. Tal vez precisamente lo que nos estorbe sean esos esquemas anticuados de relacionarse en donde debe firmarse un documento, u obligarnos a vivir y convivir de una manera única.

Es posible que ni siquiera necesitemos compartir el mismo techo para alcanzar la dicha en pareja, o cuando menos la armonía; tal vez ni siquiera los hijos sean un ingrediente indispensable. El hombre y su desarrollo en sociedad es un proceso, con sus altibajos, con sus retrocesos, con sus etapas cíclicas y repetitivas. No hay duda. Pero lo que es un hecho es que de manera espontánea llega siempre en la vida de cada uno de nosotros el momento de posar nuestra mirada en la mirada del otro. Ese momento particular cuando comenzamos a pensar en alguien más que no somos nosotros mismos, y albergamos deseos respecto de ese ser que despierta nuestros más sublimes sentimientos. Y definitivamente el sexo, tan sustancial como es, no es el objetivo que nos conduce al encuentro del otro. Como todo lo que el ser realiza, la finalidad es potenciar todas sus capacidades y la única forma de llegar a ser individuos completos y expresar todas nuestras potencialidades es trascender a través del encuentro con nuestro opuesto y complemento.

La sociedad dejaría de existir si fuera de otra manera. Y una vez más apelo al valor, al espíritu de aventura arraigado en nuestra naturaleza, para que franqueemos el abismo creado por el sistema actual que nos subyuga. Aprendamos a mirarnos en el otro, a reconocernos como especie en lo igual y diferente, y reencontremos el amor a medio camino entre nuestros destinos individuales como género. El amor vale la pena. El amor existe en cada una de las manifestaciones humanas, y desde luego en el reencuentro con aquel ser objeto de nuestro deseo, aquel que nos adentra en un nuevo cosmos donde cada caricia, cada beso, cada abrazo es una constelación por descubrir.

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