Crónica de una jornada pambolera

 

 

                                                                         

por Samantha FLA

Es viernes, estoy de vacaciones, pero debo levantarme temprano porque a las 9:30 juegan mis sobrinos sus primeros partidos del curso de verano. Ya saben que soy futbolera y no me pierdo la oportunidad. No me logro levantar tan temprano, pero llego justo a tiempo para el inicio. 

 

El día anterior nos preparamos para la jornada, hicimos los pompones para apoyar al equipo (recordé mi época de porrista) y alisté mi matraca futbolera, que no puede faltar en esos eventos. Busqué la ropa adecuada porque mi sobrino el más pequeño juega de blanco y el más grande de azul, así que playera blanca y sudadera azul para no errarle. 

 

Inicia el partido de los pequeños, tienen entre seis y ocho años. Si les soy sincera, esperaba ver a unos chiquillos que apenas patearan el balón, pero para mi sorpresa me encontré con dos equipos bien formados, con chavitos que le saben pegar a la pelota y que, de uno y otro lado, hacen muy buenas jugadas. Mi sobrino Ian es colocado en la defensa, porque está grandote —aunque a él lo que le gusta es meter goles—, pero se adapta por la banda derecha: cubre, sube, baja, recupera, corre y no se cansa. 

 

Yo tenía planeado estar sentada, pues no hace mucho tuve una cirugía de rodilla, pero no fue así. Desde que empezó el juego hasta que terminó estuve parada a un costado de la portería apoyando al equipo: “¡Vamos! ¡bajen!, ¡quítensela!, ¡sin miedo!, ¡no los dejen pasar!” Del otro lado, el delantero, que era una bala —además de rápido, muy habilidoso con el balón—, se descuelga para anotar el primer gol. Ni modo. “¡Vamos, portero, tú puedes!” (Ángel, el guardameta del equipo es una miniatura, pero también una estrella, me imagino que inspirado en Ochoa o Becker.) 

 

De repente un intruso se cuela en la cancha, un pato que sin empacho se pasea cerca de la portería, el árbitro no se da cuenta, pero los espectadores estamos preocupados, primero porque podía morder a los jugadores y, segundo, porque le tocara un balonazo. Eran minutos de tensión, el pato no encontraba la manera de salir: iba, volvía, los espectadores le tapaban la salida, pero al final era guiado hasta el lago. 

Cosmos cae tres goles a cero, pero saludan a los niños del otro equipo con alegría y se recuperan en dos segundos de la derrota; felicitan al goleador de chinitos, toman agua y se van contentos de la cancha… ¡Qué bonito es ser niño y qué bonito es el futbol! 

Descansamos unos minutos, nos cambian de cancha y vamos con el otro partido el de los sub 11; mi sobrino Iker, que en su ciudad es portero, aquí ha sido colocado como medio. Es notoria la diferencia de edades, pues el juego es más rápido, mejor organizado y con idas y venidas. No lleva mucho el encuentro y Diego anota el primer gol para Cosmos, todos brincamos, los pompones se sacuden, la matraca suena. Minutos más adelante cae el segundo, otra vez los aficionados festejamos. Cañitas, el otro equipo, ataca y es aquí cuando nos damos cuenta de un chiquillo de lentes que será, durante todo el duelo, una pesadilla para la defensa: es rápido y habilidoso, pero Alex, el portero de Cosmos, hace varias atajadas que arrancan los aplausos del público. 

 

Antes del medio tiempo Iker sale de la cancha, pues entrará de portero para el segundo tiempo, y ahí vamos de nuevo, Arturo despeja para Matías, quien sube por la banda derecha, Diego espera el pase, le quitan el balón, el chiquillo de lentes lo toma y se descuelga por la misma banda, con su velocidad jala toda la marca y deja espacio para que otro jugador entre al área, viene el pase, Iker se lanza a su izquierda para salvar la portería, pero no lo logra, entra el gol del equipo contrario. 

 

El partido es muy dinámico con un va y viene en el que podría caer el gol de cualquier lado. Nuevamente el chiquillo de lentes se cuela, tira centro, un defensa mete mano y el árbitro decreta penalti, todos sufrimos, Iker en la portería está preparado, se ubica en el centro, brinca, el jugador coloca su balón, suena el silbato y… ¡lo vuela!, el balón pasa rozando el travesaño. 

Cañitas sigue atacando: centros, pases, estamos en franca tensión, de pronto viene un balonazo cerca del ángulo superior derecho, el guardameta, cuan largo es, se estira y logra desviar el balón a tiro de esquina. “¡Portero, portero, portero!”, todos gritamos. Al final, Cosmos gana 2-1 y una vez más todos los jugadores se saludan felices en el centro de la cancha. 

 

Ha sido una jornada agotadora y llena de emociones. Por mi parte, debo decir que el futbol hace milagros, pues hace más de cinco meses que no estaba de pie tanto tiempo y ese viernes pasé parada tal vez una hora y media, y aunque no pude patear ningún balón, sentí, una vez más, la adrenalina de este maravilloso juego. 

Captura de pantalla 2019-02-18 12.09.58.

Samantha FLA

Comunicóloga, lectora compulsiva, tuitera incomprendida, bailarina frustrada, amante de Netflix, apasionada del futbol y rockera por convicción. Alucina –sin consumir nada- sobre la soltería, el desamor y los corazones rotos.

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   futbol, sobrinos,  pamboleros, Samantha FLA

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