Significados

FUENTE:  Pinterest / Malcom T. Liepke                                 

Por Mariana Tristán

JUNIO 5 2018

La chica en la esquina de la calle es pálida y delgada como una prostituta checa, tiene las piernas largas y las rodillas raspadas muy por debajo del filo de la minúscula falda. El azul eléctrico de la tela hace un contraste inhumano con el color de la piel. Está parada en la acera mirando al piso, con una bolsa de imitación Louis Vuitton color betabel sostenida entre los puños. Me gusta su pelo negro y abundante cayendo salvaje sobre la cara, sus ojos azules y rencorosos, sus pechos de niña adolescente asomando al borde del escote. Me imagino apretándola contra mi cuerpo, sosteniendo su cintura diminuta, luego besándole los labios casi invisibles, sus labios de prostituta del Cáucaso. Me imagino también que sostengo entre mis dientes su pezón erecto y ella gime en un susurro mientras la empujo a través de la puerta de una habitación sucia de motel.

 

-“Los seres humanos somos criaturas de significado”

 

 Las palabras de Diana se escuchan sonoras y retumban otra vez en mis tímpanos. Eso es lo que ha dicho en la última sesión de terapia que hemos tenido,

 

-No podemos ser felices si no encontramos sentido en lo que hacemos.

 

El semáforo ya se ha puesto en verde, pero yo sigo observando a la chiquilla pálida sin moverme. Imagino que sus tacones de aguja recorren mis piernas lentamente, que la he recostado sobre la cama y siento con las yemas de los dedos su sexo húmedo y caliente a través de las bragas.

 

-El deseo muere lentamente con la vida doméstica, se disuelve y desaparece en la rutina cotidiana. Lo asfixia la familiaridad.

 

Diana tiene unos labios sensuales siempre pintados de rojo oscuro. Lleva el cabello castaño recogido en un chongo impecable, viste trajes sastre discretos y blusas de seda clara abiertas apenas por encima del pecho. Cuando habla del deseo sus labios gruesos se mueven enfáticos haciendo círculos, pronuncia cada palabra con detenimiento para asegurarse de que resulta clara.

 

-¿Han comprendido? Si tienen alguna duda pueden detenerme

 

Hace pausas y pregunta con amabilidad, porque todo en ella es comprensión, todo en ella es delicadeza. También lleva tacones de aguja, pero no son de charol ni relucen a la luz de la media tarde como los de la niña caucásica. Los de Diana son de ante negro, siempre parecen nuevos, como si los usara por primera vez. Cruza una pierna sobre la otra y estira ligeramente la pantorrilla enfundada en una media satinada, la aguja de su tacón de ante alcanza una cierta altura y apunta hacia nuestras rodillas, hacia el futón morado donde estamos sentados. Dice que la humanidad ha dejado en el siglo pasado el puritanismo y los prejuicios, dice que el sexo ahora es parte de nuestra identidad. Inclina la cabeza para mirar la expresión de nuestras caras por encima de sus lentes Chanel. Esos lentes de armazón negro son el toque singular de su rostro maquillado con discreción. Siempre he pensado que hay algo tremendamente erótico en esa montura de acetato negro e incrustaciones brillantes en las patillas.  La imagen del rostro de la niña checa cruza mi mente como una ráfaga, lleva puestas las gafas Chanel y se ha colocado a gatas sobre mi cuerpo tendido en la cama de motel.

 

-Para que el deseo renazca debe haber novedad, debe haber misterio, emoción por lo desconocido. No tengan miedo, el deseo equivale a tener atrevimientos, a tomar riesgos 

 

Imagino a la niña checa ahora recostada en la cama, el pelo negro y abundante revuelto sobre las sábanas sucias, le he quitado la falda, ella se ha deshecho de la blusa escotada que apenas le cubría la espalda. Su aliento es dulce, como el aliento de los niños pequeños, ha vuelto el rostro hacia un lado como si le avergonzara. Yo he tomado su barbilla suave para besarla, le digo que no tenga miedo, que no voy a lastimarla.  He puesto otra vez los dedos sobre sus bragas de encaje, he lamido sus pezones rosados con ternura.

 

Hace más de tres semanas que hemos dejado de ver a Diana. El semáforo aún sigue en verde y yo pienso que si Diana pudiera verme ahora, aprobaría con entusiasmo mi forma de tomar riesgos. “Trae algo a tu relación, toma riesgos”. Alguna vez le dije que tenía miedo. Se vale tenerlo, me dijo. Y era cierto, tenía mucho miedo, sobre todo de noche, cuando oscurecía y todo se quedaba quieto. En ese momento del día venían a mi mente todos los recuerdos. Ya no quiero pensar en eso. Gritos y golpes secos, miradas de odio, palabras horribles que hacen heridas profundas, heridas que sangran con indolencia durante muchos meses. Y luego esa imagen de la cama vacía, de la indiferencia mantenida durante días. Es verdad, tengo mucho miedo, sobre todo de eso, de la soledad. No creo que Diana sepa nada sobre esas cosas, no creo que nunca haya tenido miedo. Miedo irracional, del que hace temblar el cuerpo, del que te enloquece. La soledad se te arraiga en el pecho y de ese sitio donde se ha enraizado surge un miedo sórdido. Te puede volver loco en un par de segundos, te puede perder para siempre.  Cuando pienso en ese miedo creo firmemente que no quiero nunca volver a tomar riesgos. "Tienes que hacerlo, nuestros vínculos emocionales dependen de la intimidad".  

 

El auto sigue detenido pero su motor está encendido, es un mercedes negro de este mismo año, la tecnología de la máquina es tan exquisita que aún encendida no emite sonido alguno. Afuera ya está oscureciendo y hace frío.  No somos una pareja atrevida, estamos acostumbrados a la rutina, nos sentimos seguros en ella. Todo fuera de eso puede hacer estallar en pedazos el acomodo delicado de nuestra vida. El sexo se ha vuelto lánguido y sin energía. No hay misterio ni sorpresa. Pero tiene como todo lo demás un lugar seguro en la rutina. Siempre ha sido así. La continuidad de este arreglo precavido nos ha dado seguridad.

 

La calidad de nuestras vidas depende de nuestro desempeño sexual- ha dicho Diana.

 

Pero somos una pareja que se ama. Nunca he tenido la menor duda. Somos leales uno al otro. Vamos a estar juntos hasta el final. Puede que el sexo no sea bueno ni excitante, pero nos amamos de verdad, hemos superado muchas cosas juntos, compartimos una misma visión del mundo. De noche podemos tomarnos de las manos, rellenar ese hueco negro en el pecho donde está anclada la soledad, ese hueco donde nace el miedo.

 

La punta afilada del tacón de aguja de Diana apuntaba con insistencia hacia el futón morado cuando estiraba las piernas. “Se vale tener miedo, ser vulnerable y mostrar el alma”. Cierro los ojos y la virgen prostituta caucásica sigue ahí, le vuelvo a decir que no voy a lastimarla, unto mis dedos sobre su sexo húmedo a través de las bragas, los muevo muy despacio haciendo círculos, como los círculos que hace Diana con los labios pintados de rojo cuando habla de deseo y sexo.

 

Hace tres semanas que no vemos a Diana. Hoy he ido hasta su consultorio para saber por qué ha cancelado las últimas citas. Sigo teniendo miedo de noche, sigo imaginando en la oscuridad que la soledad es un hoyo muy negro que crece, crece todo el tiempo, se hace muy profundo y me succiona, voy cayendo lentamente en su precipicio, mientras caigo grito con todas mis fuerzas, y lloro, como una criatura, tengo terror y el cuerpo se me estremece.  ¿Sabrá Diana cuál es el significado de esas cosas?

 

Llego a su consultorio a la misma hora en que han sido todas nuestras citas, su secretaria no está, el recibidor está desierto, abro la puerta que da a la sala de consulta y lo primero que veo es el futón morado, Diana está recostada en él, está desnuda, sólo lleva puestas las gafas Chanel. Daniel, mi esposo, está montado sobre ella, desnudo también. Los dos sudan, resoplan, tienen las manos entrelazadas. El hueco negro en el pecho se hace de pronto gigantesco, es tan grande que ya no me cabe dentro del cuerpo.

 

Somos una pareja convencional, nos hace sentir seguros la rutina. De noche nos tomamos de las manos y hacemos un amor lánguido y sin energía, Daniel piensa en los labios rojos de Diana y en sus tacones de aguja hasta que eyacula. Yo pienso en vírgenes prostitutas de ojos azules que alzan el vuelo con alas muy blancas.

 

El semáforo se pone finalmente en rojo y yo cierro los ojos, arranco el mercedes negro del año con toda la potencia de su exquisita máquina.

En Los Calzones de Guadalupe

tenemos buena estrella,

porque podemos soñar y mostrar el alma sin pena

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