Formas de morir

FUENTE: : Pinterest                               

Por Frida Karam

JUNIO 13 2018

Tarde o temprano en la vida, todos elegimos formas de morir. Esperanza eligió la suya siendo aún demasiado joven para todo, para entenderlo, para gozarlo, para apreciar la libertad contenida en ese acto, la única libertad que conoció, la de decidir cómo quería morir: el cuerpo pudriéndosele por dentro, los pulmones carcomidos rezumando a través de los alveolos un hábito eterno, sentada en un sillón desvencijado frente a un ventana desierta abierta a la grisura de una ciudad moribunda en un doceavo piso, sola, y sí, desde luego, fumando un último cigarro.

 

Me imaginé siempre que ella moriría así. Muy en el fondo, detrás de tanta alegría simulada, de tanta locuacidad y tanta palabrería vana, ella se había también imaginado a sí misma de esa manera, sola y vieja, muriendo al cabo de muchos años de dar batalla, indómita y rebelde hasta el final de sus días, exhalando la última bocanada.

 

Durante muchos años compartimos la vida a la distancia, o tal vez deba decir que compartimos la elección de nuestras muertes, porque la vida no es sueño, es la muerte la que es un sueño, soñamos cómo queremos morir, y la vida es sólo un instrumento de ese sueño.

 

Esperanza hablaba y reía siempre porque quería poblar ese camino hacia su muerte de un millón de risas y arrancarle todos los llantos como se arrancan los pétalos a una margarita. Entre risa y palabra mediaba siempre entre sus labios la consabida espiración de su eterno cigarro, húmea y pérfida, horadando sobre los endebles epitelios respiratorios su cancerígeno destino elegido.

 

La última vez que la escuché reía como siempre, entre bocanada y bocanada. También lloraba. Tenía treinta y cinco años y en la sonora risa con la que conjuraba las desgracias y desafiaba las condenas pude distinguir el sollozo reprimido durante tanto tiempo de contener la ira, de simular las alegrías, de mantener atada al rostro la careta lacerante de la felicidad. Me llamó desde las fauces de esa ciudad bestial que diez años atrás la había comenzado a devorar. Llevaba tres días bebiendo. Bebiendo y fumando sin reparar en el tiempo. Me dijo que se sentía sola, hundida en la inmensidad de un océano salvaje de soledad. Sola como sólo se puede estar sola en una ciudad abarrotada hasta el hartazgo de humanidad. También me dijo que estaba vacía, que tanta miseria humana había acabado por corroerla y se sentía finalmente acabada, exhausta, podrida y hueca.

 

Reteniendo todavía en los pulmones el último golpe de su cigarro me confesó con la voz quebrada que lo lamentaba, lamentaba la farsa, el empeño, la soledad. Lamentaba también no haber conocido hasta ese momento la maternidad.

 

Hubo un silencio largo después. A través del auricular sólo escuché una exhalación profunda y demorada mientras me imaginaba el humo denso saliendo de sus labios delgados, como un manto extendido hacia el abismo de la nada.

 

Esa noche después de colgar el teléfono, decidió que era momento de evaporar esos tres días de tristezas destiladas bajo el chorro refrescante del agua. Apagó la última colilla de cigarro y tiró en el fregadero los residuos vinosos de la botella que había estado sosteniendo en la mano. Después se desnudó y se metió al baño. El agua fría cayendo a goterones sobre la cara le despejó la bruma densa de tantas horas de depresión y lentamente le fue devolviendo la claridad a la mente y la risa de siempre a las palabras. En algún momento dio la vuelta sobre sí para sentir la frescura del agua sobre la espalda, sus pies descalzos resbalaron sobre el mosaico mojado y sus aún adormecidos reflejos la traicionaron cuando tambaleando trató de sujetar manos y brazos de algún lado. Cayó entera al piso, la nuca de lleno contra el filo que en el piso separaba la ducha del resto del baño. Murió en el acto, el cuerpo desnudo y abatido sobre el suelo bajo el chorro impasible del agua, el mosaico pálido tiñéndose lentamente del rojo oscuro y rutilante de su sangre. Fuera del baño, en la salita desierta del departamento, sobre la mesa de centro humeaba todavía la colilla del último cigarro.

Esa misma noche, mientras trataba de conciliar el sueño, a cientos de kilómetros de esa sala y ese cigarro, pensaba en la tristeza de Esperanza. Me consolaba la idea de que ella y yo teníamos un pacto sin palabras. En nuestro pacto ella había elegido morir de las consecuencias de un hábito con el que mitigaba la angustia de haber venido al mundo, vieja y sola, después de haber vivido todas las edades a su entero juicio y albedrío. Pero para eso faltaban aún muchos años.

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