Ciudad en llamas                              

por Eréndira Svetlana

La mujer soñaba cada noche con un cielo incendiado y humeante, sobrevolado por bestias míticas de fauces descomunales que lanzaban llamas y a veces también una lava espesa que prendía el aire y derretía la atmósfera apenas salía de sus bocas monstruosas. En el sueño podía contemplar el paisaje a lo lejos, de alguna forma, la ciudad vuelta caos y cenizas, las casas derretidas a medias, las llamas consumiendo voraces las avenidas arboladas; de la plaza central solo quedaban los últimos rescoldos despidiendo hilos densos de un humo negro y concentrado.

 

En la torre poniente del templo mayor podía verse a una de las bestias de fauces incinerantes, se aferraba a ella desde la altura, las garras ásperas y toscas de pezuñas despiadadas sobre el majestuoso campanario, se había adueñado de la torre por completo y la devoraba obscena hundiendo sobre la cúpula las mandíbulas batientes. Su rugido alcanzaba la cúspide de la bóveda de ese cielo rojizo y se extendía sobre el horizonte dantesco con un eco estruendoso que hacía retumbar la tierra. De la escena total, era el rugido de aquella bestia lo que más terror causaba a la mujer. Se soñaba corriendo con desespero por las avenidas ardientes, buscando con angustia algo impreciso, tratando inútilmente de  encontrar a alguien extraviado.

 

El sueño a veces podía parecer eterno. Se despertaba siempre con un sobresalto, sudaba, el estremecimiento del sueño la tenía tomada todavía unos segundos más,  algunas veces esos segundos se alargaban indefinidos, rebasando la frontera de la inconsciencia. Después recordaba que aún estaba en la cama, que era ella, que había tenido nuevamente ese sueño. Giraba la mirada lentamente a la izquierda y el hombre seguía ahí, como la noche anterior, como cada mañana durante los muchos años, durmiendo un sueño profundo, no sabía si plácido pero sí profundo, la respiración cadenciosa y sonora rasgando el aire del amanecer y levantando rítmicamente su pecho viril, en un movimiento acompasado visible a través de las sábanas.

 

A veces cruzaba por su cabeza la idea de despertar al hombre, de sacudirle el grueso brazo de músculos férreos para sacarlo de ese transe tan profundo, y después contarle sobre el sueño, sobre su terror tan vívido, sobre los ojos oscuros y a la vez de fuego de aquellas bestias terribles. La idea de despertarle y hablarle atropellada y abundantemente de esos horrores oníricos que se le agolpaban en el pecho cada amanecer le quemaba las yemas de los dedos, la punta húmeda de la lengua, cautiva dentro de su boca sellada. Pero no se atrevía. Lo imaginaba saliendo abruptamente de la inconsciencia a causa de las sacudidas y las palabras de ella, amontonándose en la atmósfera todavía cálida de la habitación en penumbra, rascándose la cabeza confundido, mirando con los ojos entrecerrados y soñolientos hacia todas partes, y un segundo más tarde comprendiendo, anticipando con cierto enojo que se trataba de un sueño de ella, de una angustia atávica agazapada en su pecho de pájaro, siempre urgido y agitado. Lo veía incorporarse dejando el lecho tibio, salir de la duermevela entre las sábanas, sentarse por un minuto a la orilla de la cama, de espaldas a ella, tratando de despejar las últimas brumas de ensoñación, finalmente levantarse para ir a enjuagarse la cara e iniciar así el ritual imperturbable de la rutina diaria. Le diría “es solo un mal sueño, debes olvidarlo enseguida.” Y el día transcurriría impasible, de la misma manera en que había transcurrido cada día de su vida en común durante los años incontables.  Así que no se atrevía. Pensaba que era mejor de esa manera.

 

El hombre permanecía durmiendo profundamente a su lado y ella se quedaba quieta bajo las sábanas, los ojos muy abiertos, los labios rígidos. Cerraba los puños y sentía las yemas quemantes de sus dedos sobre las palmas hechas un ovillo. El ardor comenzaba poco a poco a menguar, se iba apagando con el transcurrir de los segundos, con la llegada despreocupada de la primera luz del día abriéndose como una flor sobre la desnudez de la ventana.  El día comenzaba igual que siempre. El hombre se despertaba por sí mismo, sin sobresalto alguno, se despojaba de las sábanas con determinación y se levantaba del lecho mientras ella lo observaba en silencio. Se lavaba, se vestía, ella preparaba el pequeño desayuno, él lo comía y después salía, se ausentaba durante las horas de sol. 

 

Antes de abandonar la casa cada mañana le daba a ella un beso suave y fugaz en la línea contenida de los labios. Era la última parte del ritual cotidiano con el que emprendía la jornada. El beso. El ultimo de los movimientos exactos con los que el hombre consagraba la liturgia de la mañana.

 

Durante las horas en las que el hombre no estaba en casa ella pensaba en él, en sus espaldas amplias e imponentes, en su gesto ofuscado eternamente. Mientras hacía la cama y doblaba la ropa se decía que ya hablaría con el hombre sobre el sueño, hablarían mas tarde, durante la cena, o tal vez un poco después, al anochecer,  antes  que el día terminara, durante los minutos previos al sueño que pasaban los dos ya en la cama, él repasando algún folio pendiente o cambiando los canales del televisor, ella leyendo a la luz tenue de la lámpara algún libro inconcluso.  Hablarían más tarde y entonces ella podría explicarle con detalle las imágenes del sueño que le angustiaban más, los rugidos salvajes de las bestias, tan nítidos en el aire,  las cenizas, el calor asfixiante de las llamas.  Lo discutirían todo más tarde, en un momento del día en el que él pudiera escucharle con calma, pudiera poner en las palabras de ella toda su atención y mirarle directamente a los ojos para que ella supiera que la comprendía. 

 

Desde luego eso no sucedía nunca. De noche el hombre llegaba, se aflojaba el nudo de la corbata, leía el periódico mientras masticaba la cena y el silencio que abatía la atmósfera de la casa durante el día se hacía más profundo. No tenía que decir nada, el hombre se comunicaba sin palabras, hablaba con un lenguaje de las maneras exasperadas que hacía mucho ella había acabado por entender. Con movimientos escuetos pero radicales de las manos y los brazos, del torso entero y de los gestos, el hombre daba siempre a entender su agobio. El agobio impronunciable que le causaba la jornada, tal vez extenuante, eso ella no lo sabía. O era tal vez el agobio de la tarde haciéndose otra vez noche en el aire sofocante allá fuera.

 

También con ese lenguaje de los movimientos y los gestos, de la respiración profunda y áspera, él le decía a ella que apreciaba ese espacio elemental de silencio y tranquilidad al llegar finalmente a su propia casa después de una jornada seguramente ardua. Y era por esa razón que la mujer volvía a callar, dejaba para más tarde la plática sobre el sueño. Después de todo hablar de ello no era tan urgente. Esa clase de cosas podían esperar siempre para otro momento, para uno más oportuno, con menos agobio. Pensaba también que era muy probable que esa noche el sueño no volviera a repetirse, que fuera sustituido por otro sueño, uno normal, con colores claros y sonidos tenues. De modo que la plática habría perdido vigencia totalmente para el día siguiente. No valía la pena inquietar al hombre con el recuento de esa historia tan extraña de la ciudad en llamas. Volvía a guardar silencio y pasaba los minutos previos a la hora de dormir de la misma forma en que lo había hecho cada noche los últimos años, leyendo sin hacer ruido al lado del hombre en la cama, a la luz tenue de la lámpara,  pendiente por el rabillo del ojo de los movimientos de él, del momento preciso en que se quedaba dormido leyendo los folios o escuchando el siseo adormecedor del televisor. Cuando finalmente percibía la respiración acompasada que anunciaba la inconsciencia del hombre, ella apagaba con delicadeza la luz de la lámpara, la pantalla frente a la cama, se daba vuelta sobre un costado y trataba de traer a su mente imágenes felices que alejaran el sueño de las bestias incendiarias.

 

La primera vez que la mujer vio los mismos ojos de fuego del sueño consumiéndose en la penumbra de la salita de estar de su casa, pensó que se había vuelto loca de tanto callar.  Las dos flamas rojizas y encendidas como calderas infernales se aparecieron en una esquina de la pequeña estancia a media tarde, justo cuando ella pasaba distraída por ahí llevando en las manos la ropa recién planchada del hombre. La imagen la sobresaltó tanto que soltó instintivamente las prendas dejándolas caer desbaratadas al piso. Encendió la luz con un movimiento ansioso, mirando con temor hacia todas partes, pero la imagen se había disuelto enseguida con la iluminación amarillenta del foco al centro de la estancia. 

 

Tuvo que volver a planchar algunas partes de las prendas que había tirado al piso por el susto. Mientras repasaba con la plancha se prometió a sí misma que hablaría del sueño con el hombre esa misma noche. Pensó que si no lo hacía podía desquiciarse, se volvería loca. La idea la asustaba. No concebía su vida de otra manera que de la forma en que la había llevado durante los últimos tiempos, al lado del hombre, con un orden preciso. Seguramente el hombre tampoco podría soportar cambio alguno en la rutina que compartían, especialmente si ese cambio venía de ella, de la locura, de su pecho de pájaro agitado y vehemente. Por esa razon ésta vez sí hablaría con él, le confesaría el sueño con atropello en las palabras.  No importaba. Cualquier cosa antes que volverse loca. 

 

El hombre llegó a las siete en punto como cada noche. Se aflojó el nudo de la corbata, se sentó a la mesa de la cocina, leyó el periódico y mastico la cena. Ella sirvió y retiró los alimentos, lavó los platos, se volvió hacia el hombre con el delantal y los guantes todavía puestos, cuando iba a pronunciar la primera palabra se dio cuenta con cierta sorpresa que algo inusual había sucedido dentro del acomodo riguroso de la rutina. El hombre seguía sentado a la mesa leyendo concentrado la página de deportes pero se había quitado del todo la corbata. No solo eso, había desbaratado el nudo por completo y la había dejado en desorden sobre la mesa, junto a los restos del servicio y las escasas migajas que ella aún no limpiaba. El hombre no había hecho algo así nunca antes. Nunca un desarreglo en el orden escrupuloso de las pertenencias, de los movimientos, de los sucesos consagrados del día. Nunca una camisa descolocada, o un calcetín fuera del cesto de la ropa sucia, o el guiso antes de la sopa, o el beso precediendo al desayuno. Mucho menos la corbata, siempre alisada y sin mácula, desbaratada sobre la mesa sucia.

 

La mujer se aprestó a quitar con cuidado la corbata de ahí, terminó de recoger el servicio con premura y limpió inmediatamente las migajas exiguas sobre la superficie lustrosa de la mesa, todo con la presteza de un empleado altamente eficiente, incluso con un dejo de vergüenza por el incidente repentino, como si de algún modo ella fuera la culpable de que la corbata hubiera ido a parar de pronto a un lugar tan inapropiado. Por una extraña razón la imagen de la corbata desordenada junto a los utencslios de la merienda le pareció una visión terriblemente obscena, algo de lo cual avergonzarse.

 

Debió haber sido esa sensación inusual la que le hizo olvidarse de que debía hablar al hombre sobre el sueño, sobre los ojos de fuego en la estancia. Tampoco tocó el tema cuando los dos estuvieron ya en la cama, ella pasando las páginas de su libro distraída, él concentrado en el acontecer sin sentido de la pantalla. Después del incidente de la cocina el resto de la noche había seguido su curso normal, cada movimiento de la rutina había precedido al que debía en el estricto orden habitual. Pero ella se sentía todavía sobresaltada, la sensación de extrañeza la invadía entera, y su pecho de pájaro revoloteaba más álgidamente que de costumbre. Por eso no se atrevió a decir nada. Ya tenía bastante con ese pequeño detalle que había cambiado de pronto la rutina sagrada. No tenía ánimos para mayores cambios del ritual nocturno que ambos compartían. Se durmió pensando que resultaba algo muy extraño que la imagen de la corbata desanudada sobre la mesa le hubiera inquietado mucho más que las dos bolas en llamas encendidas en el rincón más oscuro de la pequeña sala, mirándola. 

 

El día siguiente empezó como todos los demás. Mientras el hombre realizaba sus abluciones matutinas y se preparaba para la jornada, ella fue a la cocina a alistar el café y las tostadas. Cuando encendía la estufa para calentar el agua se dio cuenta de pronto que esa noche no había tenido el sueño. De hecho no había habido sueño alguno en su mente que pudiera recordar. La noche había pasado en blanco, en un vacío total, como una llanura de ausencia y silencio extendida hacia el horizonte onírico de sus pensamientos.

 

Por alguna razón se sentía más descansada que otros días, mucho más liviana, moviéndose con agilidad en el espacio estrecho de la cocina como si flotara. Cuando el hombre apareció listo en el umbral y disponiéndose a tomar asiento, en la mente de ella ya había desaparecido cualquier rastro de angustia. Se sentía renovada, el corazón despejado, casi feliz. Cada cosa había vuelto a su sitio en el arreglo exacto de sus vidas. Incluso sonreía.  Sus labios se curvaron la mayor parte del tiempo sin que ella tuviera conciencia de que así era mientras sirvió el café y colocó el pan sobre los platos. Hacía tanto que no sonreía. Mantuvo el gesto alegre también durante los minutos en los que él sorbió el café e hizo crujir la rebanada untada entre los dientes.

 

Cuando el hombre hubo terminado y se dispuso a salir, ella inclinó levemente el torso para recibir el beso acostumbrado en los labios. Pero el hombre estaba absorto en el arreglo del nudo de la corbata que no podía quedar a la altura y con el ajuste indispensable. La maniobra le tomó más tiempo del acostumbrado. Se miraba al espejo del recibidor con impaciencia y volvía a desbaratar el nudo. Al final se le había hecho tarde, salió de prisa tomando el portafolio de piel que ella sostenía de pie junto a la puerta. Le dijo la formula consabida de despedida, con las palabras exactas. Ni una más y tampoco alguna de menos. Pero era tanta su premura que olvidó darle a ella el beso de despedida. La puerta se azotó ligeramente detrás de él y ella se quedó unos segundos detenida ahí, sin saber muy bien qué hacer, un poco confundida por la falta del beso, porque durante cada día de cada mes que habían vivido juntos en todos esos años, él le había dado siempre el beso de la mañana junto a la puerta antes de tomar de sus manos el portafolio de piel negra.  Y esa mañana por primera vez no había sido así. Por eso se quedó ahí detenida, con la sonrisa tonta dibujada todavía en la cara, tratando de dilucidar si debía empezar de cualquier forma la rutina consabida, y si tal era el caso, cómo debía hacerlo, de qué manera.

 

No tenía las respuestas, tampoco tenía ya la sonrisa que curvaba sus labios. Se encaminó hacia la cocina titubeante. Las brumas espesas que habían nublado sus pensamientos la noche anterior volvieron repentinamente a su mente. Fue entonces que vio nuevamente los dos círculos de fuego mirándola desde su candencia silenciosa en la misma esquina de la sala. Se detuvo impávida frente a ellos, esta vez no encendió las luces para no perderlos, para cerciorarse de que realmente estaban ahí, de que la miraban.

 

Se acercó un poco con suavidad, deslizándose sobre el piso muy lentamente, como si en la habitación hubiera un niño dormido al que no quisiera despertar con el más leve movimiento o sonido. Los ojos de fuego se encendieron aún más. Era cierto, la bestia mítica de sus sueños incinerantes estaba ahí, podía distinguir en la penumbra su silueta grisácea envuelta en un aura de humo nebuloso, a través de sus fosas descomunales en el vértice de la cara alargada lanzó un resoplido brusco que le heló la sangre a la mujer e hizo que empezara a retroceder con sumo cuidado. El pecho de pájaro le latía a una velocidad que no había experimentado antes. Aún así mantuvo la calma del cuerpo y la lentitud inhumana de los movimientos mientras se alejaba de la estancia.

 

No volvió a pasar cerca de ahí por el resto del día.    Se ajustó con disciplina al horario consabido de su rutina cotidiana tratando de volver a poner la mente en ese blanco total que la había liberado tanto durante la noche. Pero era inútil. Por más que intentaba ignorar lo que sucedía, escuchaba todo el tiempo la respiración áspera de la bestia instalada en una esquina de la sala, sus resoplidos esporádicos como vendavales fugaces que estremecían toda la casa. No importaba en qué habitación estuviera ella limpiando o acomodando algo, podía escuchar con claridad esa cadencia infernal salida de la entraña más profunda del monstruo.

 

Ninguna tarde había tenido nunca la eternidad que tuvo aquel atardecer en que se mantuvo recluida en la cocina. Su ansiedad y su apremio eran tan agudos que la cena estuvo lista desde las cinco. Las dos horas siguientes las pasó cosida al marco de la ventana que  daba a la calle, esperando con una urgencia hirviente en el pecho que el hombre volviera.

 

Esa noche el hombre no se presento en casa a las siete como era su costumbre. Cuando afuera la cúpula del cielo se había oscurecido casi totalmente, las cerraduras de la puerta principal giraron y el hombre apareció en el umbral con su calma de siempre. Esta vez no se aflojó el nudo de la corbata al sentarse a la mesa donde ella le esperaba, porque ni siquiera traía la corbata puesta. Debía traerla doblada en un bolsillo del saco o tal vez dentro del portafolio de piel negra que dejó al entrar recargado en un muro del recibidor.

 

De la cena comió muy poco y con distracción, y en el momento en que ella se disponía a hablarle, él se quitó los zapatos lustrosos, estiró y flexionó los dedos de ambos pies como si los acabara de liberar de un encierro milenario y colocó el calzado justo ahí, sobre la mesa en la que aún quedaban los restos de la cena, las suelas todavía cubiertas de una finísima capa del polvo y la vida de esas calles atestadas por las que transitaba todo el día. Luego estiró el torso entero extendiendo los brazos en un movimiento moroso y desenfadado que pareció alargarse durante siglos. Se puso de pié y abandono la cocina desplazándose con desgano, sin haber siquiera tocado las páginas del diario. Ella lo siguió con sigilo, aún sorprendida, sin saber qué decir, ambos pasaron de largo por el frente de la sala y la bestia dantesca de pupilas incendiadas lanzó un resoplido largo y malhumorado del que el hombre pareció no darse cuenta en absoluto.

 

Uno a uno los movimientos riguroso del ritual con el que cerraban el día desde que se conocían fueron cayendo de los santuarios en que ella los tenía colocados en un recodo de su imaginación. Ya no podía decir nada porque las palabras no salían de su boca por más que se lo proponía. El hombre iba por la casa quitándose cada una de las prendas de su impecable vestuario habitual sin ningún recato, ahí donde se desprendía de las ropas las dejaba tiradas, la mujer detrás de él las iba recogiendo todas con desconcierto. Cuando el hombre llegó a la habitación estaba prácticamente desnudo. No se aseó la boca ni se puso la ropa de dormir doblada sobre la almohada como acostumbraba, en lugar de eso abrió las ventanas de la recámara de par en par, se quedó mirando un rato largo el manto titilante de la noche joven, después se acercó a la cama y tomó del taburete el libro que ella leía todas las noches. Se quedó dormido leyendo las primeras páginas. Ella no podía sentirse más desconcertada, dobló la ropa tan velozmente como pudo, se desvistió con la urgencia de quien se ve rebasado en una tarea competitiva y se puso el camisón de dormir con una carrera alarmante.

 

Al entrar al baño con prisa para cepillarse los dientes la vio también ahí, una segunda bestia de piel rocosa y ojos en llamas que la miraba quieta desde un extremo del cubículo, acunada en la tina bajo la regadera.  Esa noche se durmió temblando, agazapada bajo las sábanas, hecha un ovillo como cuando era niña y le temía aún a la oscuridad, a las criaturas nocturnas que se imaginaba escondidas en el armario o bajo la cama. Pero al abrir los ojos por la mañana supo que tampoco esa noche había tenido el sueño. En su mente había estado a lo largo de toda la madrugada esa llanura suave y relajante, inundada de la tersura de aquel blanco delirante, todo luz clara y silencios que le acariciaban los oídos.

 

El hombre ya no estaba en la cama al lado de ella, tampoco encontró sus prendas de vestir por ninguna parte. En la cocina no había huellas de que se hubiera preparado el café por sí mismo, así que la mujer pensó que se había quedado dormida más tiempo del habitual por aquella tranquilidad onírica que la había invadido y el hombre había tenido que marcharse al trabajo a toda prisa sin siquiera poder prepararse el desyuno. En la sala los ojos prendidos de su primer visitante seguían acechando en la penumbra, enmarcados en el humo denso que producía él mismo con sus resoplidos. También en el baño de la recámara la nube de humo dentro de la tina rodeaba en su grisura siniestra a la segunda aparición de pupilas flamígeras. Los resoplidos de una y otra bestia se alternaban cada tanto y su aspereza de averno retumbaba por toda la casa de tal forma que ella podía escucharlas desde cualquier punto e incluso saber de cuál de ellas provenia cada exhalación. Llevaban a cabo el ritual del resoplido de tal forma tan exacta y sincrónica que al cabo de las horas la mujer encontró un patron definido en los horarios de las bestias para exhalar ese nubarrón de cenizas salido de sus monstruosas entrañas. Podía saber con exactitud qué hora era dependiendo del tipo de resoplido que se escuchara. El tiempo de la mañana se fue llenando con la naturaleza de esa sincronía extraña salida del rugir contenido de las bestias y la tarde se apareció en la ventana de la cocina sin que ella se diera cuenta del paso de las horas.

 

El hombre llegó temprano ese día. No eran las cinco aún y él ya estaba en casa. La cena no estaba lista todavía pero él no parecía tener mucha hambre. Se sentó a fumar un cigarrillo en el sofa reclinable de la sala y escuchó una música vivaz en el reproductor el resto de la tarde. Por la noche se vistió con ropas que la mujer no le había visto nunca, prendas holgadas y casuales en tonos desenfadados que le hacían ver como alguien enteramente distinto. Dijo a la mujer que saldría a dar una vuelta por el vecindario y se fue sin esperar respuesta. Poco después una tercera bestia cáustica apareció en la altura de las alacenas de la cocina, recostada a lo largo de las superficies superiores, muy cerca del techo, sus ojos candentes miraban fijamente desde ese punto cada uno de los movimientos de la mujer, yendo y viniendo por la cocina con el apuro de siempre por poner un orden estricto a la vida. La mujer no se sobresaltó esta vez al descubrir el fuego de esas pupilas apuntando con insistencia hacia ella. Se limitó a hacer cálculos mentales. Si había ahora tres bestias, el espacio de tiempo entre cada resoplido tendría que reducirse. Sabría por ello con más detalle y sin ningún esfuerzo qué momento del día era.  Terminó los quehaceres que le correspondían y se fue a dormir pronto esperando con una ansiedad infantil que el sueño en blanco tomara su conciencia como había pasado las dos noches pasadas.

 

El hombre debió llegar a una hora de la madrugada de la que ella no se enteró. La llanura blanquecina y su luz enmudecida la tuvieron tomada la totalidad del tiempo en que permaneció dormida. Se levantó liviana y feliz, como si le hubieran quitado una lápida milenaria que cargaba sobre  la espalda. No se dió cuenta del momento en que el hombre se vistió y partió al trabajo por que en ese preciso instante ella estaba sentada a la mesa de la cocina comiéndose un pan untado con jalea, concentrados los oídos en los resoplidos de los monstruos, tratando de discernir las sutiles diferencias que los distinguían. Una cuarta bestia apareció a lo largo de la mañana, esta vez a un lado de la puerta en el recibidor, recargada con circunspección sobre el muro, muy cerca del sitio donde el hombre colocaba su portafolio al llegar del trabajo cada día.

 

Al caer la tarde ella descubrió la llegada de una quinta presencia de pupilas llameantes, yacía recostada sobre la cama, del lado del lecho donde el hombre dormía de noche. A pesar de estar tendida sobre las sábanas tenía los ojos de hoguera bien abiertos como las otras bestias, pero era en algo distinta a ellas, su resoplido era crepitante, como el crujir acongojado de la madera al arder en una fogata.

 

Esa noche el hombre no volvió a casa. La mujer lo esperó despierta en el calor de las sábanas que parecían arder al contacto de la piel pétrea de la bestia al otro lado de la cama. Se quedó dormida muy entrada la madrugada, los resoplidos de todos los monstruos que tenían tomada la casa formaron una armonía precisa de arpegios ásperos y acompasados que la fue arrullando sin que ella se diera cuenta, como cuando era niña y su madre la convencía de apagar las luces de noche y luego le cantaba en susurros para tranquilizarla.  Soñó al igual que las noches anteriores que habitaba la blancura diáfana de su llanura despoblada, extendida como un lienzo infinito hacia el horizonte. En el sueño ella caminaba, andaba durante mucho tiempo sin rumbo, por caminos invisibles de tan álbeos, en algún punto encontraba una puerta, su quicio clarísimo plantado a la mitad del mundo. La puerta se abría con sigilo al contacto leve con las yemas de sus dedos extrañamente ardientes, ella cruzaba titubeante el umbral, el pecho de pájaro revoloteándole eufórico en su jaula, temerosa de lo que hacía, de los colores intensos y caóticos que le aguardaban al otro lado, urdidos en el más sacro desorden. Flamígeros y deslumbrantes. 

 

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

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