Calzones Obedientes

FUENTE: Pinterest/Giuseppe Cristiano

Por MARIANA TRISTÁN

Callarse lo que uno piensa, es la parte más difícil de obedecer, de aprender a comportarse como una esposa perfecta. Enrique dice que la virtud de una familia radica invariablemente en la obediencia de la esposa. Habla siempre sobre esas cosas, sobre las cosas que las mujeres deberían saber hacer, callarse la boca cuando se debe, obedecer al marido sin cuestionar su ley. El mundo sería un lugar más armónico si todas las mujeres supieran cuál es su lugar y qué es lo que deben hacer.

 

Yo pongo la espalda muy erguida cuando habla, no emito un solo sonido, sirvo en su plato extendido el guisado que preparé. A veces me da la impresión de que nos casamos a penas ayer. Pero no es así. De eso ya hace 17 años. Me ha tomado todo ese tiempo entender que Enrique habla muy en serio, y de verdad cree que el papel de las mujeres en el matrimonio es el de obedecer. Es como si no estuviéramos en el siglo XXI, como si no hubiera jefas de estado en tantos países del mundo, ejecutivas que presiden empresas, mujeres en la ciencia y la tecnología liderando los cambios que están transformando el planeta. Nada de eso, para Enrique seguimos viviendo en el medioevo, la tierra es el centro del Universo, y los hombres son reyes incuestionables con derecho pleno a gobernar dentro de sus casas.

 

-Al hombre, como al león, le corresponde el mundo. A la mujer, como a la paloma, le corresponde el nido. -

 

Es su dicho preferido. Yo aprieto mucho los dientes y cierro muy fuerte los puños cada vez que lo repite. No emito ni un solo sonido. Callarse lo que uno piensa es la parte más difícil del arte de ser la esposa perfecta. Hace 17 años que yo lo practico, y es sólo hasta ahora que realmente empiezo a dominar este truco macabro de pretender que obedezco. 

 

No pienses en nada”, me digo a mí misma. “No dejes que se te note el coraje, no permitas que el odio te descoloque.” “La esposa perfecta sabe permanecer callada”, me repito, “sabe guardar la calma, esperar pacientemente a que las cosas caigan por su propio peso”, “ya llegará el tiempo de la venganza”.

 

No puedo decir que haya sido fácil. Me ha tomado 17 años aprender a cerrar los puños y tragarme mis palabras. Ahora que lo domino siento una enorme paz interna, un poder nuevo y desconocido que el silencio hace crecer cada día. Lo siento acumulándose lentamente en mi cuerpo, creciendo con mucha fuerza entre mis mandíbulas cada vez que aprieto los dientes para callar lo que pienso.

 

-A cada cosa le corresponde un sitio. El deber de la mujer en la casa es conocerlo, vigilar que todo funcione como es debido-.

 

Los cubiertos sobre la mesa deben colocarse en un orden estricto, las latas dentro de la despensa por tamaños y contenidos, las toallas en el cuarto de baño al mismo nivel milimétrico colgando sobre el toallero. Cada cosa tiene un sitio, un acomodo específico que se debe vigilar para que el mundo doméstico funcione como es debido. Enrique tiene derecho de mando incluso en mis territorios íntimos. Revisa hasta mis cajones, da órdenes sobre el acomodo que deben tener mis calzones en la cómoda de mi ropa interior. Los negros sobre los de color beige, no admite que compre de otros colores, soy una mujer casada, no tengo necesidad de usar ropa interior llamativa, ya tengo a mi hombre en casa, lo único que necesito para mantenerlo a mi lado es obedecer ciegamente su ley.

 

-No tienes necesidad de trazas, nada de ropa interior colorida, nada de telas de encaje ni porquerías. Tú eres una mujer casada. Una mujer decente no se anda con tonterías  ni con fachas.

 

Eso es en lo que me he convertido. La esposa perfecta. Callada y obediente. Una mujer complaciente que sabe cuál es su lugar. Que conoce a la perfección el sitio que le corresponde a cada cosa en su hogar, que lo hace funcionar con precisión milimétrica. Los cubiertos sobre la mesa según las reglas de la etiqueta, las latas en la despensa siempre perfectas, las toallas sobre el toallero a la misma altura, el sexo todos los viernes en la posición sagrada del misionero, los pensamientos auténticos guardados en una caja al fondo de la conciencia, el odio creciendo imparable entre las mandíbulas apretadas, el rencor acumulándose con fuerza entre mis puños cada vez que Enrique me penetra y yo entierro las uñas en mis palmas. Todo tiene un sitio en esta casa, todo tiene un momento específico. También tendrá un momento  preciso la venganza.

 

Voy corriendo por la mañana sobre la pista de arcilla. Hace 10 años que empecé esta rutina de correr en las mañanas. Enrique piensa que una buena esposa debe ser muy atlética y tener una figura perfecta. En lo que a mí concierne, correr durante una hora al día se ha vuelto una válvula de escape magnífica. Corro con todas mis fuerzas, voy dejando regado el coraje sobre la pista de arcilla. También aquí voy callada, con las mandíbulas apretadas. Soy una esposa obediente y perfecta. Cuando me he internado lo suficiente en el parque y llego hasta donde no haya nadie que escuche, grito con todas mis fuerzas, saco todo mi odio por la garganta hasta que quedo vacía. Luego me acomodo la ropa, me aliso el cabello sujeto por una coleta. Después de un grito profundo, todo vuelve nuevamente a su sitio. El día ha de seguir su rutina, en casa me esperan cubiertos que acomodar, cajones innumerables para ordenar, pensamientos atroces para callar, rencores inmensos que acumular para volver a empezar.

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