Calzones Nupciales

 

 

                                                                         

por Mariana Tristán

Para el día de mi boda escogí unas braguitas de encaje color marfil. Llevaban al frente una diminuta rosa bordada en hilo turquesa, así que al ponérmelas ya tenía solucionado aquello de que la novia debe vestir algo viejo, algo nuevo y algo azul.

 

Mi madre insistió hasta el último minuto en que me pusiera el body de seda aperlada que compramos en Nueva York con el resto del ajuar, 

-Ana Cecilia, no te quedan bien esas bragas- decía, pero yo, necia y obsesiva como siempre he sido, me obstiné con las braguitas de encaje marfil. Nada más verlas en el aparador de Rosa Clara me enamoré de ellas y ninguna otra opción por refinada que fuera  me habría quitado de la cabeza la imagen definitiva de los lacitos de encaje sobre mis caderas doradas en la penumbra mágica de la noche de bodas.

 

Veía las manos gruesas y firmes de Enrique sobre mis muslos, haciendo descender lentamente las braguitas enredadas, al tiempo que sus labios carnosos me besaban el cuello con la vehemencia de un hombre que ha conseguido la presea más deseada.

Además me imaginaba, por alguna absurda razón, que las braguitas con su rosa turquesa bordada en el centro serían como mi amuleto de la buena suerte, que si las llevaba puestas el día de mi boda la energía del cosmos se iba a concentrar en nuestros cuerpos para que nuestra unión fuera bendecida y nuestra felicidad una realidad absoluta.  Ya lo sé. Que estúpida idea. Pero es la clase de ideas que se tienen a los 22 años cuando has sido toda la vida la hija de papi y jamás  has salido de un reducido perímetro que no va mas allá de Polanco.

Desde luego esa noche nada de lo que imaginaba sucedió. Enrique no era un hombre apasionado y vehemente con la idea de haber conseguido una presea anhelada y ese mismo día me quedó claro el tipo de vida que me esperaba los siguientes 17 años.

 

Nunca se me ocurrió que siendo un hombre 10 años mayor que yo, dueño de su propia empresa y de su propio destino, las ideas ridículas de las veinteañeras le tenían sin cuidado. En cambio tenía una visión muy exacta de lo que debía ser un matrimonio como Dios manda. De las braguitas de encaje ni cuenta se dio. A penas estuvimos solos en la alcoba nupcial, se aflojó el corbatín del smoking, se quitó la fajilla negra y se bajó el cierre del pantalón, con un brazo más rudo de lo que imaginaba me sujetó un codo y me volteó de espaldas,  su mano libre levantó mi vestido blanco con todo y los vuelos de satín nacarado que hicieron de cola larga. Sentí su miembro enorme entrar en mí por detrás, sobre el hilo de las bragas, en repetidas ocasiones hasta que el encaje se reventó y su aspereza se me incrustó a medio camino entre la piel y las mucosas ensangrentadas. Todo de golpe, demasiado rápido, como si alguien te despertara de un sueño  romántico y bobo con un balde de agua helada sobre la cara. 

Así se me quedó grabado en la mente, un balde de agua helada que te revela de golpe el significado real de llegar virgen al matrimonio. Virgen y con la cabeza llena de telarañas románticas.  Todavía guardo las braguitas de encaje con la rosa turquesa bordada. No las lavé nunca. Están en el fondo del cajón de mi ropa interior, y todavía siguen rotas y ensangrentadas. De vez en cuando las saco de su escondite en el fondo de la cajonera y las observo por ratos largos. Sigo pensando que son un augurio de mi boda, pero no de felicidad completa ni de bendición, sino de sometimiento y obediencia ciega, las dos palabras que para Enrique representan con exactitud qué es un matrimonio como Dios manda.

 

Para mí las braguitas son el recordatorio permanente de que siempre he sido necia y obstinada, de que desde hace 17 años se me metió en la cabeza que no importaba cómo ni a qué precio yo tenía que terminar bien casada, con un hombre poderoso y respetado, dueño de muchos bienes y muchas empresas, un hombre de carácter inquebrantable, a quien todo el mundo temiera, incluida su propia esposa.

 

Debí hacerle caso a mi madre. Ese día debí ponerme el body de seda aperlada. O tal vez no debí ponerme nada.

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   boda, ajuar, sometimiento, obediencia

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