Calzones Insolentes

FUENTE: Pinterest

Por TANIA CORTÉS

     Me levanto de muy mal humor, y el día que hoy me espera no es nada fácil, a las 10 debo asistir a un debate, uno al que yo misma convoqué en la Universidad donde doy clases. El mal humor es por ese sueño ridículo que tuve anoche. No soy de las que tienen sueños largos y de película, con sonido y hasta efectos especiales, soy mas bien de las que duerme pocas horas y trata de descansar lo que más se pueda, dormir es un lujo para ricos y para ociosos decía mi madre, ya dormirás en el sepulcro cuando la muerte te alcance, terminaba siempre la frase, que como todas las frases de mi madre, era una consigna de vida y una ley de supervivencia, así que desde niña duermo poco, porque no soy rica y antes muerta que verme en el ocio y el despilfarro.

 

Pero yo no sé qué me pasa últimamente, que tengo sueños y distracciones que no vienen al caso. Anoche tuve un sueño en verdad espantoso, soñé que iba vestida con un negligé de encaje negro completamente ceñido al cuerpo, sobre la cara llevaba un antifaz también de encaje, muy ostentoso y por demás ridículo, Gomíz estaba recostado sobre una cama muy confortable y yo le daba cerezas en la boca, pero no sólo yo le atendía y le mimaba como si fuera un sultán, había en la habitación con nosotros otras diez mujeres mas o menos, todas vestidas de manera sugerente, dejando sus mejores atributos al descubierto y en actitud seductora y servicial. ¡Pero qué sueño más absurdo! ¡Válgame Dios! ¡Yo en actitud servicial y seductora, atendiendo a un cínico descarado como Gomíz! Ya antes de despertar completamente, el sueño me había producido malestar y dolor de cabeza. ¿Cómo diablos puedo yo soñar con esas cosas?

 

Para colmo de males, el debate al que he convocado en la Universidad no empieza a la hora programada, los convocados no son puntuales, empezamos con más de 40 minutos de retraso, una verdadera catástrofe. El tema es candente y de actualidad, hay más de 200 asistentes esperando que el evento comience, "El movimiento #Me Too y el puritanismo sexual" ,  es el tópico de discusiónyo estoy por supuesto entre los debatientes, también Arturo Llorente, periodista de la televisión nacional, Julia Alcántara, feminista recalcitrante de los movimientos de izquierda de los años 60s y Mónica Linares, joven académica experta en movimientos feministas de la cuarta ola. 

 

Inicio el debate leyendo la frase crucial del manifiesto publicado por las francesas hace algunas semanas con motivo del movimiento #Me Too: "La violación es un crimen, pero la seducción insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista". Llorente toma la palabra inmediatamente y ataca sin consideración, Julia lo secunda y Mónica rebate con su energía característica. Yo simplemente no puedo estar más en desacuerdo con la frase, lo externo inmediatamente, nuestra cultura machista da por sentado que la galantería y la seducción, por agresiva y transgresora que resulte, es tanto un derecho para los victimarios como un obsequio no pedido para las víctimas. Muy pronto el debate alcanza un punto candente y todos nos arrebatamos el turno de participación sin respetar los tiempos que nos corresponden. El público asistente también está encendido, y no puede esperar la oportunidad para intervenir llegada la ronda de preguntas a los que debatimos.

De pronto escucho, venida del fondo del auditorio, una voz muy familiar:

-Mi pregunta es para la doctora Lascuráin, dígame doctora, según su ideología sobre la galantería y el acoso sexual que ésta supone, ¿el juego de la seducción erótica, tan necesario para que un hombre y una mujer alcancen un entendimiento sexual, debería ser eliminado de la faz de la tierra por representar un abuso de poder machista? 

Se trata nade menos que de el mismísimo Sebastián Gomíz en persona, está de pie en las filas de atrás, su chaqueta de intelectual fachoso y descuidado lo delata a la distancia, también su cabello desparpajado y su odiosa actitud de sorna y autosuficiencia. Pero claro, debí imaginarlo, Gomíz jamás perdería una ocasión como ésta para desafiar mi autoridad intelectual en materia de temas feministas.

-Agradezco su interés señor, su pregunta sin embargo está erróneamente planteada, no se trata aquí de eliminar un comportamiento natural al ser humano, sino de modificarlo según una nueva perspectiva de convivencia entre géneros que apela al consentimiento mutuo.

Gomíz, irreverente y odioso como suele ser en estas circunstancias, se ríe con mi respuesta, como si mis argumentos fuesen los de una colegiala.

-¡Ah vaya! Entonces ¿me está usted queriendo decir que a partir de ahora habremos de pedir permiso a la mujer deseada antes de emprender la tarea lúdica de seducirla? ¿Está usted segura de que eso no es una aberración completa? ¿No será que de este modo se perderá por completo la magia y estaremos acabando sin remedio con el concepto más puro de deseo?

Maldigo la hora en que conocí a Gomíz, nada más innecesario que lidiar con un impertinente en este momento de mi vida. El debate se diluye en intervenciones poco precisas y al final el tiempo se acaba antes de que cualquiera de los asistentes pueda llegar a conclusiones civilizadas. 

Salgo agotada del auditorio, entre una multitud desordenada que me increpa con preguntas descabelladas y solicitudes imposibles de futuras conferencias y asesorías sobre el tema. No cabe duda que el feminismo está de moda más que en ninguna otra época, aunque para la mayoría sea sólo para reafirmar verdades incongruentes con nuestro tiempo y comportamientos retrógradas.

¡El juego de la seducción! ¡Válgame Dios! ¿Cuándo el feminismo había tenido que debatir esas sandeces?

Camino a mi oficina voy tratando de encontrar la palabra que en mi subconsciente se esmera por definir a Gomíz, estoy demasiado indignada y mi molestia nubla mi pensamiento y me vuelve medio amnésica. Casi he llegado a mi cubículo cuando por fin me viene a la mente el vocablo que estoy buscando: "Insolente", esa es la palabra que define a Sebastián Gomíz, es como un adolescente incapaz de controlar sus desplantes instintivos, insolente, rima además con adolescente.

Siento al fin cierto alivio al hallar el vocablo que lo define, meto la llave a la cerradura mientras pienso en esto, al abrir la puerta de la oficina un ramo de rosas absurdamente gigantesco me recibe, plantado con su obscenidad rutilante en medio de mi escritorio. Por si esto fuera poco, hay una tarjeta demasiado visible entre las flores, es la letra de Gomíz, y la nota es descarada y cínica como todo en él desde que lo conocí: 

Con este obsequio florido que pretende hacer honor a su indescriptible belleza, pido atento permiso para seducirla con total desfachatez y galantería abusiva, tal cual una dama como usted merece indiscutiblemente.

Suyo hoy y siempre que usted lo desee,

Sebastian

Me pongo del color de las flores y de otros diez mil tonos que me arden en las mejillas y me revolotean en el estómago, me recargo sobre la orilla del escritorio y me sonrío como una idiota. Lo peor de todo es que cuando me doy la vuelta Gomíz está ahí, detrás de la puerta abierta, recargado en la pared con su adorable facha de niño malportado y  su irresistible cabello desparpajado cayendo sobre la frente limpia.

 

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