Calzones de Hilo Dental

FUENTE: Pinterest/Giuseppe Cristiano

Por MARIANA TRISTÁN

Se llama Adela, tiene 27 años, yo la conocí a los 21 en un burdel de la Merced. Desde entonces he seguido su crecimiento con mi cámara. Nos vemos todos los jueves desde hace más de 5 años, a veces en la Plaza central, a veces en el cuartito que alquila a dos cuadras. Ella permite que yo le tome fotografías, se deja seguir en la calle por el objetivo de mi Canon, camina por delante con la soltura de una niña, como si se tratara de un juego repetido que le divierte siempre. También habla conmigo, hablamos durante muchas horas en su pequeño cuarto de vecindario. Mientras habla también tomo fotografías, mientras se viste o se desviste, o cuando prepara una sopa de lata y se la sirve en un plato de colores que guarda en un cajón debajo de la despensa.

 

-Nunca aprendí a cocinar- dice, -Mi mamá quería que yo aprendiera, pero ya ve, una es terca. A mí lo que me gustaba era andar en la calle, desde chiquita. Y luego ya a los trece o catorce, irme en las tardes al téibol con mis amigas de la cuadra. No hacíamos nada, nomás mirar. Doña Gracia nos dejaba. Ya nos había echado el ojo la condenada.

 

Se ríe como una niña. Habla mucho. Necesita hablar, necesita que alguien la escuche. No pide otra cosa a cambio de permitirme tomar las fotografías, solo eso, que la escuche, que la vea como una persona. Ella no sabe exactamente qué es lo que pide a cambio, pero yo lo sé. Quiere que alguien la trate como un ser humano.

 

Adela es eso para mí, por eso la sigo desde hace 5 años, a ella y a las amigas que me va presentando. Para mí es un hermoso ser humano, llena de encantos que a veces cautivan, también de gestos perversos que nacen de la ignorancia, de defectos que la hacen misteriosa y también bella. La observo cuando habla, cuando se desviste, la imagen que la captura en toda su esencia puede esconderse en cualquier detalle, en un gesto repentino, en un súbito movimiento. Estoy siempre a la espera de ese instante, el ojo detrás del lente, la yema del dedo índice en el obturador, lista para el disparo inminente.

 

Cercana la noche Adela se prepara para la jornada nocturna, se quita la playera con la imagen de la santa muerte que trae puesta, se queda desnuda, vistiendo sólo los calzones rojos de hilo dental que acentúan sus caderas todavía firmes, sus glúteos abultados que ya evidencian un poco el paso de los años sobre su cuerpo moreno de carnes exuberantes. Busca el vestido de licra dorado en el ropero desvencijado, también los zapatos negros de punta descubierta y tacones altos. Se pinta el rostro y se peina el cabello en un chongo abultado, todo en un par de movimientos fugaces frente al pequeño espejo colgado en la pared de un baño hechizo.

 

-¿Porqué usas esos calzones?- le pregunto, –¿Son más cómodos para el trabajo?-

 

Adela suelta una carcajada que resuena con su frescura en el pequeño cuarto.

 

–Ningún calzón puede volver cómodo este trabajo- dice, -los uso porque a los clientes les gusta quitarte algo, por poquita ropa que sea, siempre quieren quitarte algo, es parte de jugar a esto, ellos quieren sentir que te arrebatan algo, que tu estás siendo sometida y ellos están ganando. Diría Doña Gracia que son los gajes del oficio. Y yo a mis años ya voy conociendo de qué se trata esto-

 

Me gusta visitar a Adela cada jueves, saber que su risa fresca y sus modos de niña están en la Plaza de la Soledad esperando que mi cámara los persiga a lo largo de una calle atestada. Me gusta hablar con ella y escuchar su filosofía de prostituta experimentada. El lente de la canon la va descubriendo poco a poco con cada año, pero yo con ella descubro de qué se trata la vida, cuál es el color del llanto y el de la felicidad auténtica, los tonos oscuros de la maldad de la noche y la luz cegadora de la generosidad cotidiana.

 

De noche, frente a la computadora, tratando de concentrarme en el material del día, pienso en el cuarto de vecindario de Adela, pienso en su sonrisa franca y sus calzones rojos de hilo dental acentuando sus caderas anchas. Quisiera tomar una fotografía de ellos ahora, en el sitio donde deben estar, tirados sobre el piso de un cuarto de motel barato, o colgando de una lámpara de mesa al lado de una cama sucia. Imagino su rojo encendido como un hilo de sangre fresca, sus lazos lustrosos y desgastados por el uso haciendo un contraste sórdido con el resto del escenario.  Una mancha intensa de rojo iluminado sobre las losas de un piso agrietado, anunciando que Adela está ahí, está su carcajada franca y su tristeza arraigada, también sus ganas inmensas de que el mundo sepa que es más que un cuerpo barato,  que es esa vida plena que siente y palpita dentro de la licra de su vestido dorado,  que es una mujer, una sobreviviente,  un ser humano  que arde, que llora y que ríe, que a veces siente vergüenza y asco de lo que han vivido sus caderas firmes y es en esos días cuando quisiera morirse.

 

En la pantalla de la laptop las imágenes se acumulan por decenas agobiantes, son como murmullos caóticos e incontables,  se sobreponen unos a otros en los oídos como voces que susurran secretos inconfesables: -Los hombres quieren quitarte algo siempre-,  -Les da placer someterte- -El sexo es como la guerra, solo se sacia con sangre-, -Las cosas que han visto mis ojos son para avergonzarse-, -Hay días que quiero estar muerta para dejar de sentir coraje-.

 

 Me desnudo para meterme a la cama, afuera la noche negra ya se hizo madrugada,  me quedan un par de horas de sueño antes de que el día amanezca.  ¿Dónde estará Adela ahora? ¿En qué cama mugrienta habrá recostado sus piernas? ¿Qué se sentirá ser ella?

Por debajo de las sábanas siento mi playera corta y el borde de mis calzones boyshort. ¿Cómo se verían mis caderas si me pusiera el calzón rojo de Adela? ¿Cambiaría mi risa escueta? ¿Lucirían de otra manera mis glúteos pequeños y mis muslos pálidos?

 

Imagino que soy ella, que estoy recostada sobre unas sábanas sucias, tengo las piernas abiertas y siento sobre mi cuerpo el peso asfixiante de un hombre borracho, no puedo verle la cara pero el alcohol de su aliento denso inunda con su tufo agrio el aire rancio del cuarto. Siento sus acometidas violentas, sus movimientos pesados, por debajo de la cama se escuchan rechinar los resortes oxidados, mi cuerpo se sacude a ratos. ¿Qué se sentirá ser Adela? ¿Qué se sentirá salir a la noche oscura llevando una licra dorada pegada al cuerpo y esos diminutos calzones hechos de lazos rojos? Sentir el frío y el miedo sobre la espalda baja, la soledad de las calles céntricas de madrugada, el ardor de las magulladuras sobre las piernas y los brazos al cabo de una jornada nocturna.

 

Sólo se qué siente ser Maura, usar playeras y jeans, llevar siempre calzones boyshorts. Sólo se lo que significa descubrir la felicidad sencilla con los ojos de mi cámara. La felicidad que habita escondida en los cuerpos mundanos de la gente como Adela. No sé que se siente ser otra, llorar el llanto desde otros ojos, reír la vida desde otras bocas. Por eso me dedico a esto, le robo a Adela momentos simples que la canon vuelve eternos, la escudriño con imágenes, busco su esencia humana en cada gesto y en cada instante. Con la lente del objetivo succiono toda esa vida que vibra en el interior de su ropa, toda la plenitud que palpita sobre sus caderas regias. El hilo de su calzón rojo resalta el brillo de su piel morena. Se que la esencia de Adela está ahí, en la energía deslumbrante que irradia desde su cuerpo haciendo un contraste rotundo con su calzón rojo.

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