Calzones Atrapados

FUENTE: Pinterest

Por LUNA PORTUONDO

Estar atrapada es tener 38 años, es estar a dos pasos de cumplir cuarenta y tener el mismo trabajo de cuando tenías 30, estar atrapada es tener un montón de deudas, deber 15 en una tarjeta, 7 en la otra y casi 23 en la American. Estar atrapada es vivir con una pareja que gasta todo el dinero que ganas en juergas de fin de semana y en su adicción a las apuestas. A mí la vida me atrapa siete días a la semana. Me atrapa cuando estoy en la chamba, me atrapa cuando regreso a la casa, me atrapa en el elevador descompuesto, en el supermercado repleto, en el periférico atascado cualquier viernes cuando sales del trabajo. Debe ser por estos atrapamientos perpetuos en los que vivo, que a mí me gusta usar tanga. Un triangulito al frente, una tirita hacia atrás, nada que te atrape el cuerpo, todo queda en libertad. Si vives atrapada en una vida que no quieres, debes sentirte libre por debajo de la ropa cuando menos.

 

Es curioso que use tangas desde que me casé con Daniel, tiene 8 años de eso. Es todavía más curiosos que a pesar de tanta tanga, él y yo no tengamos sexo. Ya ni siquiera dormimos juntos. Es como si nos hubiéramos convertido en roomies, juntos como hermanitos, viviendo en la misma casa, peleando los mismos pleitos, atrapados en un matrimonio sin sexo y haciéndonos bolas con nuestro hijo.

 

Hay días que ya no entiendo ni porqué seguimos juntos. Son esos días infernales en que me siento más atrapada que nunca, más que un animal de zoológico, atrapada en esta casa, atrapada en este cuerpo, atrapada en esta historia absurda y este calendario de chiste en el que se chambea de lunes a viernes y se pelea los domingos. Peleamos por los trastes sucios, por el cenicero repleto, por las tarjetas vencidas, porque Daniel perdió otra vez dinero en apuestas. Peleamos cuando abrimos el refri, cuando ya no tenemos despensa, cuando Pipe tiene sueño y cuando tiene que ir a una fiesta de la que ni Daniel ni yo nos acordábamos.

 

Peleo con Daniel todo el tiempo como peleaba con mis hermanos de niña. A veces incluso le enseño la lengua cuando no se está dando cuenta. Nos gritamos babosadas, nos dejamos de hablar durante días. Él se queda atrapado en sus depresiones incomprensibles, viendo en la tele deportes. Yo me quedo atrapada en mi angustia, haciendo cuentas perpetuas, tanto me falta para pagar mis deudas, tanto para completar la renta. Estar atrapada ya no me asusta, se ha vuelto el pan de todos los días. Es el aire que respiro, la rutina de mi vida.

 

De niña me gustaban los retos, los juegos muy complicados, amaba los laberintos. Me gustaba ponerme pruebas y saber que saldría bien librada. Siempre me creí inteligente, superior a los que me rodeaban. Pensaba que sería exitosa porque era más astuta que cualquiera. Si alguien me hubiera dicho que a los 38 estaría atrapada, seguro me hubiera reído a carcajadas. Pero a veces esas cosas pasan, la vida de alguna manera te atrapa, te mete a su laberinto cuando menos te das cuenta, te enreda en relaciones tóxicas, en maternidades a medias, en chambitas de sobrevivencia y deudas desmesuradas.

 

La vida te atrapa completa y te deja bien enjaulada. Te das cuenta sobre todo cuando llega la quincena, cuando sales de la chamba y el tráfico está de la fregada, cuando sabes que vas a tardarte cuando menos dos horas en llegar a tu casa, que Daniel va a desesperarse porque tiene que cuidar a Pipe, sabes que no va a aguantar dos horas, que lo va a dejar con tu vecina Lola, sabes que otra vez va a irse de juerga a la casa de Mario Lagunes.

 

Los años te van empujando en su laberinto sin que te puedas dar cuenta. Sabes que no tienes de otra, no hay más que dar vueltas y vueltas hasta que des con la salida. No tienes de otra más que seguirle dando, seguir aguantando presión, chambear hasta donde te den las fuerzas, tratar de pagar las deudas, cuidar como puedas de Pipe, salir de vez en cuando a la plaza y comprarte dos tangas nuevas para liberar presión. Negras o tal vez moradas, con encajes a los lados, sólo un triangulito al frente y un hilo delgado hacia atrás para que nada te atrape y el cuerpo pueda andar libre, aunque por dentro el alma siga atrapada en su laberinto, en una historia para llorar.

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