"Black lives matter"

ahora más que nunca

por Eugenia González

 

El día 25 de mayo de este año, en la ciudad de Minneapolis, Minnesota, cuatro policías arrestaron a George Floyd, un ciudadano afroamericano de 46 años. El motivo de la detención ahora parece irrisorio, supuestamente había pagado con un billete falso de 20 dólares en una pequeña tienda de conveniencia. Después de arrestarlo y esposarlo con exceso de violencia, lo tiraron al piso sin motivo aparente y uno de lo oficiales que perpetraron el arresto, Derek Chauvin, se arrodilló sobre el cuello de Floyd durante casi nueve minutos, hasta matarlo. Mientras la rodilla de Chauvin asfixiaba a Floyd, éste repetía agonizante las que serían sus últimas palabras: “I can´t breathe, I can´t breathe” (“No puedo respirar”). El video de este linchamiento público incendió a la población y dio lugar a manifestaciones en numerosas ciudades en todo el mundo, especialmente en los Estados Unidos de Norteamérica, algunas de ellas auténticas batallas en contra de la policía. En todas estas manifestaciones la frase de agonía de Floyd, “I can´t breathe”  se convirtió en el lema de un movimiento social antirracista que más de dos meses después del suceso, aún continúa sacudiendo a la sociedad norteamericana.

La urgencia de esta revuelta es clara, llega al país vecino en un momento crítico para su población, un momento en el que la paralización de la vida y la economía, los más de 40 millones de desempleados y el largo encierro que ha impuesto el confinamiento forzado por la pandemia, han acentuado la desesperación y la indignación frente a la injusticia y la discriminación racial.

Y es que el caso de Floyd no es un hecho aislado en este entramado de odio que ha sido la convivencia interracial a lo largo de la historia de los Estados Unidos. A penas en febrero pasado, algunas semanas antes de que el presidente Trump declarara el estado de emergencia por la pandemia, apareció un video en redes sociales que mostraba cómo dos hombres blancos, un expolicía y su hijo, cazaban a Ahmaud Arbery, un hombre negro de 25 años, mientras hacía jogging en un poblado de Georgia. El asesinato sucedió a plena luz del día, nadie fue arrestado y el caso, debido a las influencias de los asesinos, no hubiera trascendido de no ser por el video que se hizo viral inmediatamente volviéndose un escándalo nacional.

Poco después, el 13 de marzo, la policía de Louisville, Kentucky irrumpió en la casa de Breonna Taylor, una enfermera de 26 años, en busca de un hombre acusado de narcotráfico. El sospechoso no vivía ahí y había sido arrestado días antes. Al escuchar que tiraban la puerta, el compañero de Taylor, Kenneth Walker, pensó que los estaban robando y disparó, hiriendo a uno de los policías. Estos respondieron matando a Breonna de ocho balazos, e hiriéndolo a él.

El mismo 25 de mayo, día en que George Floyd fue asesinado, Amy Cooper, una mujer blanca y liberal paseaba a su perro sin correa en Central Park cuando Christian Cooper, un ornitólogo y autor de comics, le señaló que debía amarrar a su perro, la reacción de Amy ante el reclamo fue de violenta indignación, amenazando a Christian con que llamaría a la policía para decirles que un afroamericano estaba amenazando su vida. Christian videograbó el encuentro y la llamada que hizo Amy al 911 y lo subió a las redes. Desde luego el video se hizo viral en unas cuantas horas, exhibiendo frente a la nación entera una faceta menos reconocida y más perturbadora del racismo y la supremacía blanca, la faceta de la violencia común y cotidiana.

La pandemia del coronavirus ha venido a golpear a la sociedad estadounidense en un tiempo de polarización social extrema, de guerra cultural, de sistemático desmantelamiento de las leyes que garantizan igualdad de condiciones a los grupos minoritarios, acentuando de forma brutal las insalvables diferencias con que blancos y negros o latinos enfrentan la realidad. Al tiempo que la policía y el estado ejercen su brutal represión hacia la población afroamericana, la Casa Blanca pone en marcha irresponsables recortes fiscales para los más ricos y las grandes corporaciones, haciendo suyas las ambiciones de grupos extremistas como el Tea Party, y expresa solidaridad a los nacionalistas blancos en todas sus denominaciones.

Mientras un gran porcentaje de la población blanca tiene la posibilidad de quedarse en casa para resguardarse de la amenaza que representa la enfermedad, los afroamericanos y latinos en su gran mayoría, salen a realizar trabajos esenciales para que la sociedad siga funcionando, o son víctimas de los recortes laborales y salariales, de la precariedad. Es claro que el covid-19 afecta especialmente a los grupos históricamente más vulnerables en ese país, los más pobres, más viejos, con menos acceso a servicios de salud y asentados en las zonas más densamente pobladas y contaminadas. Las principales víctimas de la pandemia hasta el momento han sido afroamericanos, latinos e indígenas, las minorías raciales más discriminadas.

Es en este panorama desolador, durante la administración presidencial más intolerante y racista que haya habido en el país del norte a lo largo de las últimas décadas, que vuelve a hacerse presente la lucha por la reivindicación de los derechos de los afroamericanos y otras minorías raciales. “Black lives matter” “Las vidas de los negros importan”, es también el lema de esta batalla, el nombre de un movimiento que retoma fuerza con el asesinato de Floyd, con la injusticia y la desigualdad frente a la pandemia.

Miles de hombres y mujeres estadounidenses salen a las calles a pesar del riesgo omnipresente del contagio, para gritar su rabia, su indignación y su hartazgo ante el flagelo apabullante del racismo. Muchos de ellos son muy jóvenes, afroamericanos millennials que a su corta edad ya han sentido en carne propia lo que implica ser negro en esa sociedad. Son jóvenes, carismáticos, se juntan en plazas y avenidas para expresar su dolor y su inconformidad, nunca se imaginaron que iban a movilizar a miles de personas en el mundo contra el racismo. No hay un solo líder en este movimiento, sino muchos, todos están extraordinariamente motivados y dispuestos a no abandonar la lucha hasta provocar el cambio. Es una verdadera revolución, nacida del descontento, de la rabia frente a la violencia racista de una sociedad que les niega tajantemente sus derechos humanos.

 

Junto al coraje y la indignación a lo largo de todas estas manifestaciones multitudinarias, es palpable también una sensación de inevitabilidad y resignación, el pueblo norteamericano se ha erigido como la potencia mundial que es hoy sobre los hombros del esclavismo y la segregación. Los manifestantes lo saben, lo viven diariamente, han salido a la calle con esa desesperación que viene de generaciones atrás, y no desafían con ignorancia al virus, aceptan correr el riesgo de infectarse con tal de marchar, de expresar su desesperación, porque no es posible seguir cargando con el legado de más de 400 años de esclavitud, injusticia y atrocidad.

 Hoy más que nunca es claro que el racismo es como un virus, mucho más letal que el de la pandemia, porque es silencioso e invisible y está siempre presente, contagiando indiscriminadamente y apareciendo puntualmente con toda su crueldad, con toda la brutalidad de que es capaz una sociedad tan intolerante y dividida como la norteamericana.

“Black lives matter”, las vidas de los negros importan,  la consigna se repite con indignación y rabia, para que los blancos escuchen, para que les entre en el corazón y la cabeza, hasta que lo entiendan, los negros y los latinos y los indígenas son también humanos como ellos y merecen los mismos derechos, no tienen porque morir asfixiados por la brutalidad de un policía, hacinados en hospitales como víctimas de la pandemia, marginados de los privilegios del desarrollo en barrios paupérrimos, abandonados por la indiferencia, por más que eso se haya vuelto la norma y ya nadie cuestione esa violencia cotidiana. “Black lives matter” hoy más que nunca, las vidas de los negros también son vidas, también han construido ese país, son parte indisoluble de la sociedad, también deben importar.

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Eugenia González

Politóloga, escritora frustrada, rockera trasnochada, esposa abnegada y madre improvisada, trata de conciliar la vida doméstica con su pasión por el cine, la música y de vez en cuando con su profesión.

Los Calzones de Guadalupe Staff

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Tags  black lives matter, racismo, discriminación, Eugenia González

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