Ansiedad

por La Orgullosa

 

Un repentino sobrecogimiento me invade. Siento un sudor frío que comienza en la base de mi nuca, y se extiende por toda la espina dorsal. En el hueco del estómago aparece una angustia profunda que me enerva. La intranquilidad se incrementa. Un miedo sin causa aparente se apodera de mis sentidos, y en ese momento surge en mí la imperiosa necesidad de correr. Mi cuerpo está sufriendo, se tensa involuntariamente. Todos los síntomas se incrementan. Me duele la rigidez de mis extremidades, que parecen contener una energía negativa que las desgasta aún sin moverse. El nerviosismo se vuelve insoportable y lo único que se me ocurre es salir rápidamente a la calle. Mi corazón acelera sus palpitaciones, como si un sistema de alerta le avisara de algún peligro inminente. Siento cómo se tensa mi cuero cabelludo y se estiran cada uno de los músculos de mi rostro.

Estoy en la calle, fuera de mi casa, sobre la banqueta. Miro a todas partes con ganas de gritar. Tanto dolor me provoca un deseo casi incontenible de arañarme la piel, de pellizcarla hasta hacerla sangrar, pero me contengo. Comienzo a caminar sin rumbo. Poco a poco acelero el paso y mi cuerpo me impele a correr, en un intento por dar fin a la ansiedad que me corroe. Alcanzo dos kilómetros en el lapso de media hora. Respiro el aire frío del invierno que golpea contra mi cara, y disminuye la tensión brevemente. No puedo parar. Tan pronto aminoro la velocidad el ansia se incrementa. Media hora más corriendo a toda velocidad por las calles hasta alcanzar la extenuación. Regreso a mi casa. Los síntomas no han cedido del todo, pero se aplacan lo suficiente para darme un respiro. Me tiro sobre la cama con ganas de llorar, y caigo en un sopor que me ayuda a olvidar por un tiempo la agonía.

-No es más que una crisis de ansiedad- me dice la psiquiatra cuando acudo a su consultorio en busca de un milagro. Y me explica que es uno de los síntomas inherentes al trastorno bipolar que padezco. Luego agrega –Haz ejercicio, te va a ayudar-. Yo no doy crédito a sus palabras. No he parado de correr como enajenada por cinco días. Ya no siento el cuerpo. Soy una masa informe de desesperación y angustia. Si no me hubiera entregado frenéticamente a la carrera, habría tenido que pinchar mis piernas con un picahielo para aminorar los síntomas. Incluso la idea del suicidio cruzó mi mente varias veces durante los días vividos. Entonces la doctora decide aumentar la dosis de ansiolíticos, y por un momento albergo una estúpida esperanza. Sin embargo, al día siguiente reinicia el calvario: estrés, angustia, nerviosismo, palpitaciones, tensión muscular, psicomotricidad acelerada; y un impulso de arrojarme de cabeza desde un octavo piso. No hay nada que controle el nerviosismo iracundo, y la inquietud, que recorren mi cuerpo sin darme tregua.

Solo por curiosidad busco en la red y leo: “La ansiedad es un mecanismo adaptativo natural que nos permite ponernos alerta ante sucesos comprometidos. En realidad, un cierto grado de ansiedad proporciona un componente adecuado de precaución en situaciones especialmente peligrosas. Una ansiedad moderada puede ayudarnos a mantenernos concentrados y afrontar los retos que tenemos por delante. En ocasiones, sin embargo, el sistema de respuesta a la ansiedad se ve desbordado y funciona incorrectamente”. -Vaya, entonces lo único que sucede es que tengo una pequeña falla en mi mecanismo de respuesta. No debería hacer tanto escándalo, igual este dolor imbécil no me mata-

Continúa el artículo con una larga explicación acerca de las causas biológicas y psicológicas que provocan el síntoma, el cual puede convertirse en ocasiones en un trastorno en sí mismo -como si yo necesitara en este momento esa clase de amenazas- Luego el texto da pie al consabido discurso sobre los neurotransmisores: que la noradrenalina aumenta, que ocurre una hiperactividad colinérgica. Al parecer el sistema neuroendócrino es el responsable de este malestar bastardo que ha hecho de mi vida una mierda. Al terminar de leer siento un deseo violento de escupir en la cara del autor, esperando que se trague toda su jerga neuroquímica, y muera por asfixia. Tal parece que no hay forma de librarme de esta pequeña muerte a cuenta gotas.

Finalmente, tras cinco semanas de un sufrimiento inverosímil, en las que lloré varias veces y estuve a punto de lastimarme otras tantas, tal como llegó la ansiedad se fue. Quedé sumida en un denso estupor de quietud inusitada. Con el paso de los días volví a sentirme yo misma. Pude realizar las actividades cotidianas que todo ser humano merece disfrutar, placeres mínimos que ya ni siquiera pretenden equipararse al gozo y al éxtasis que otros alcanzan. Casi me doy lástima, pero después de tanto padecer prefiero agradecer que la tormenta haya terminado y pueda volver a respirar casi como si conociera la normalidad.

Mucha gente allá afuera, desafortunadamente cada vez más, sabe de lo que hablo. A ellos les digo que espero que su ánimo y su paciencia no decaigan. Y a aquellos que para su fortuna desconocen lo que es padecer un trastorno psiquiátrico, agradezcan el privilegio y sean empáticos con su “prójimo” como diría alguna vez el buen poeta Mario Benedetti. Yo solo espero que corra mucha agua antes de mi próxima crisis, y que cuando se presente no me vea obligada a saltar toda la noche hasta el cansancio, como alguna vez tuve que hacerlo.

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La orgullosa

Amante del amor y la sexualidad en todas sus formas. Fogosa y apasionada. Impulsiva y testaruda a más no poder. Interesada en los temas prohibidos y controversiales. Se cree poseedora de la razón, y es investigadora incansable de los misterios de la psicología humana.

Los Calzones de Guadalupe Staff

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Tags   ansiedad, trastorno, insania, La Orgullosa

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