Amor propio 

por La Orgullosa

 

Hace un año L conoció a un hombre que le cambió la vida –cuantas veces hemos dicho eso–. Al principio ni siquiera puso atención a su interés por ella. Pasó más de un mes para que él comenzara a “conquistarla”.

 

Durante ese primer mes S viajó varias veces a distintas ciudades del país, por cuestiones de trabajo. Sin embargo, siempre le escribía por las noches desde donde se encontrara, y le enviaba fotos de los lugares que había visitado. Ella no le puso mucha atención porque la experiencia le decía que esas cortesías no iban a durar mucho, y que un buen día iba a desaparecer dejándole el corazón –una vez más– hecho añicos. Así que se cuidaba mucho y trataba de pasar desapercibido el interés de S por mantenerse “conectado”. Pero al término de ese mes regresó a la ciudad, y lejos de espaciar sus llamadas, las incrementó. Fue inevitable, para L. acostumbrarse a sus mensajes matutinos en los que él le deseaba buenos días, y a sus llamadas telefónicas en punto de la media noche, donde pasaban largas horas platicando de sus historias personales.

Poco a poco S la encantó con sus suaves maneras, y su trato caballeresco. Ella llegó a comparar su actitud con la de Casanova, conocido personaje literario que se dedicaba a seducir a las damas de la corte, con la única intención de arrebatarles su honra y su pudor. Mientras más inocente fuera la víctima, más incitaba el perverso deseo de este conquistador caricaturesco. Pero por otro lado S no era en realidad Casanova, y fue inevitable que L comenzara a comprometer sus sentimientos y emociones, en cada una de aquellas conversaciones privadas. Exactamente a los dos meses de haberlo conocido se citaron en un elegante restaurante de la ciudad.

 

Pasaron una de las veladas más deliciosas que L podría recordar. La llevó a su casa en la madrugada, y le dio un beso al despedirse. A partir de entonces las llamadas llegaron acompañadas de fotografías personales, o canciones elegidas especialmente para enamorarla. Por más que L mantuvo las “antenas” encendidas, le pareció que enamorarme no era un peligro en esta ocasión. Se abandonó a toda clase de sentimientos e ilusiones. Durante el mismo mes se vieron otras dos veces. La última vez S le susurró al oído que nunca pasaría nada, mientras ella no estuviera preparada. Eso terminó por subyugarla.

Pero entonces sobrevino un cambio casi imperceptible en las costumbres que mismo había instaurado en su “rutina amorosa”. Las llamadas comenzaron a espaciarse. Ella no lo podía creer. Inmediatamente su intuición la alertó. Empezó a estar irritable e intranquila. La ansiedad hizo presa de ella, y no pudo evitar comenzar a pensar que, en esos largos espacios sin sus llamadas, S estaría con alguien más. Pero esta vez no se iba a dejar vencer. No iba a hundirse desolada como una Magdalena, en medio de la tristeza y el abandono. Esta vez simplemente no le iba a dejar tomar ventaja de su vulnerabilidad emocional rindiéndose ante su poder de seducción.

 

Lo primero que pensó L fue  poner un límite a esa libertad que se había tomado él, para irrumpir en su mundo cuando así lo quisiera, y forzar su corazón haciéndola sentir, con sus trampas de seductor, la mujer más especial del mundo. Podía parecer una estupidez, pero ella descubrió que esa era una de las principales herramientas de S para tenerla a sus pies.

Él sabía perfectamente de su debilidad ante sus halagos. Su más poderosa arma era su palabra y el tono de su voz, que S sabía perfectamente que destruía cualquier defensa que ella erigiera en su contra, para terminar respondiendo a su voluntad. El perseguía un objetivo que L desconocía, pero podía sentirlo. Cada vez que S llamaba, la primera intención de ella era terminar con esa escalada de estrujamientos emocionales, que cada vez la hacían más débil, y a él le daban la posibilidad de exigirle siempre algo más, para demostrarle su amor incondicional.

 

Así que una vez, cuando habló, ella le dijo que no podía volver a hablar cuando quisiera, que sólo podría hablarle a las diez de la noche y por espacio de una hora. Él se quedó confundido, le deseó el “buenos días” habitual y colgó. No había pasado ni una hora cuando escribió nuevamente para que L le explicara esa extraña regla que había impuesto. Ella sólo contestó que en la primera plática que tuvieran se lo aclararía, y en ese momento, sin mayores explicaciones dio por terminada la conversación. Era la primera vez que le negaba algo, y él inmediatamente lo resintió.

Por arte de magia, después de frenarlo, L comenzó a despertar de la ilusión de su enamoramiento. El nudo de angustia que llevaba días sintiendo en el estómago, se transformó en un sentimiento de felicidad inusitado. Había ganado una batalla. Pero por qué había sido tan importante para él esa prohibición. ¿Acaso L sin darse cuenta, había quebrantado ese plan desconocido que él llevaba semanas ejerciendo y que ella adivinaba en lo íntimo de sí?

 

En su mente comenzaron a pasar, una a una, todas las escenas de sus conversaciones, las veces que ella había intentado romper la relación, porque simplemente sentía que no iba a ninguna parte. Comenzó a hacerse claro para L que el único propósito de S era divertirse a costa suya, que jamás tendría la relación estable y duradera que había buscado con tanta ilusión una y otra vez.

 

Él era un ególatra narcisista que no tenía la capacidad de generar apego, y mucho menos un compromiso emocional. ¿Dónde estaba ella, dónde su amor propio? No en balde había pasado dolorosas experiencias al lado de insensibles narcisistas que habían destruido su autoestima, y la habían dejado sumida en la más increíble tristeza. Pero ya había aprendido a amarse. Incontables experiencias de dolor la habían enseñado a valorarse, a respetarse, y lo más importante, a construir una vida a la cual no estaba dispuesta a renunciar a causa de un oportunista que no tenía nada que ofrecerle, excepto lágrimas y desconcierto.

Por la noche sonó su teléfono. Era la llamada habitual de S quien como siempre la saludó con sus formas impecables y su tono seductor. Le preguntó por su día. Después de la habitual introducción ella le dijo que necesitaba hacerle una pregunta. –Hemos llevado casi dos meses de intercambio telefónico y encuentros ocasionales, a estas alturas ¿qué es lo que sigue?– Él se quedó callado por unos segundos que se hicieron eternos. L supuso que meditaba la respuesta concienzudamente, pensando que de ello dependía la continuación de esa relación. Pero de pronto contestó, de la manera más segura y tranquila, que deseaba seguir teniendo esa comunicación “tan deliciosa con ella” y ser amigos.

 

no era ninguna tonta. Sabía lo que significaban sus palabras, y no estaba dispuesta a jugar el rol de la “amiga con derechos”. Se armó de valor y le dijo que no le alcanzaba la vida para eso. El insistió, y ante la negativa de L le pidió que por lo menos se vieran una última vez para despedirse.

L conocía perfectamente el poder que sus encantos ejercían sobre ella, y S apostaba a ese último encuentro para finalmente lograr su cometido. Pero la máscara había caído completamente ante la mirada de ella. Su deseo de ser amada le había hecho postergar esa farsa, tratando de encontrar un viso de amor en su actitud, en su hermosa sonrisa, en su mirada. Pero las pupilas de S estaban vacías, ella lo notó mientras observaba las fotografías que él le había estado enviando, y escuchaba su seductora voz al teléfono pidiéndole que se vieran por última vez.

 

No había más que decir. Un poco bruscamente L dio fin a la llamada apretando el interruptor de off, y la voz de barítono de S dejó de endulzar sus oídos para siempre. El teléfono siguió sonando por un tiempo, después de aquel día, pero L nunca contestó. Le dolía más su forma de ser, tan superficial y vana, que el mismo hecho de no volver a verlo. Había roto con la imagen que ella tenía de “El príncipe azul”, una imagen que ella había querido ver en él. Pero L ya no era la misma. Le habían roto el corazón las veces suficientes para diferenciar entre un hombre confiable y lo que S había demostrado ser.

 

No sabía explicar el por qué quiso creer que S era el “adecuado”. Ni siquiera sabía si existía el adecuado, y ya había pasado mucho tiempo para que siguiera esperándolo. Tal vez una herida emocional de la infancia la hizo vulnerable a sus encantos, eso habría dicho un psicoterapeuta muy versado en el tema. Tal vez hace daño enamorarse como decía su prima, que es millennial y muy práctica en estos asuntos. El caso es que hoy L había tenido el amor propio suficiente para romper con el engaño, quitarme la venda de los ojos, y sentir con la mente al mismo tiempo.

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La Orgullosa

Amante del amor y la sexualidad en todas sus formas. Fogosa y apasionada. Impulsiva y testaruda a más no poder. Interesada en los temas prohibidos y controversiales. Se cree poseedora de la razón, y es investigadora incansable de los misterios de la psicología humana.

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   relaciones, amor propio, autoestima, relaciones tóxicas

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