Amor de Computadora

 

 

                                                                         

por Silvia Latuff

Arrancó los posters de la pared. La furia hacía que sus manos temblaran como producto de una convulsión. Estaba tan ilusionada cuando las colocó pensando absurdamente que cada una de esas imágenes serían en breve un sueño hecho realidad. Eran fotografías de sitios en los que quería disfrutar al lado de Diego, paraísos naturales en lo que quería vivir su amor al lado de él. Tenerlos en las paredes de su habitación la ayudaban a creer que eso era posible. Pensó que después de tantos años no volvería a encontrar el amor. “El Amor”, ahora le sonaba tan ridículo como en verdad era. Diego no sabía amar, era demasiado ególatra. Y por lo que respecta a ella, sabía perfectamente que su trastorno era un impedimento para vivir en pareja. La necedad de su romanticismo trasnochado la hacía imaginar lo contrario con frecuencia. Siempre atraía hombres temerosos del compromiso, y demandantes de un afecto que creían merecer.

La fuerza con que Sofía estaba acostumbrada a entregar su afecto al primer extraño que apareciera estaba vinculada con la inestabilidad de sus emociones. El trastorno bipolar, con el cual llevaba veinte años conviviendo, era el responsable de su intensidad fuera de lugar que ahuyentaba a sus enamorados. No había sido capaz de encontrar alguien con una verdadera afinidad, que fuera un prospecto real con quien pudiera compartir ese sentimiento de soledad que de manera inesperada le asaltaba y le provocaba violentos estados de ansiedad. Tantos años por su cuenta la habían obligado a conformarse, a disfrutar la vida a su manera. Pero cuando Diego apareció, todos sus esquemas racionales se dislocaron. El encuentro había sido por completo azaroso, pero desde que él apareció en su vida cada día que pasaba se había sentido más atraída por su apariencia de caballero gentil y comprensivo. Parecía mayor que ella, aunque no lo era, y tenía una pinta de escritor que alimentaba la imaginación desbordada de Sofía con ideas de amores de novela estilo Jane Austen.

Se habían conocido por internet, en una página para encontrar pareja. Y desde el principio hubo señales que la verdadera personalidad de Diego, que Sofía no quiso ver. Todo lo que él le decía la iba encantando. Le había dicho que jamás haría nada que ella no deseara, que la esperaría hasta que estuviera lista, y que prefería ser su amigo a perderla. El encantador de serpientes puso sus mejores estrategias en juego, y en seguida se dio cuenta de la inverosímil inocencia de Sofía. Cada día Diego fingía ceder con esfuerzo un pequeño pedazo de su corazón a la desfalleciente Sofía. Y ella iba enamorándose irremediablemente frente a su galantería, su aparente madurez, su sensatez para “manejar” la sensibilidad alborotada de ella.

Llegó finalmente el día de su encuentro. Se encontraron en el parque del Carmen, en el centro de la ciudad. Él le había insistido que ahí vendían los mejores helados de la ciudad. Se habían visto varias veces por la pantalla del monitor y se reconocieron en seguida. Diego galantemente le disparó un helado doble de mamey en canasta de galleta, y para él compró un helado de zapote. Se sentaron en una de las bancas del pequeño parque. Al principio la conversación discurrió entretenidamente. Sofía sentía hecho realidad su sueño de verse con el misterioso Diego. Él le contó algunos detalles de su vida, y sus interminables aventuras que se suponía impresionaran la imaginación interminable de su enamorada. De las trivialidades pasaron a los temas de amor, y en el momento más inesperado, sin percatarse, Diego le rompió el corazón en pedacitos a Sofía.

Durante toda su convivencia electrónica en la mente de Sofía había ido creciendo la idea de vivir con él. Ella sintió que ambos estaban destinados el uno para el otro, y en muchas ocasiones Diego no desmintió esas creencias a todas luces desproporcionadas. Pero esa tarde, mientras de manera descuidada sorbía su helado de zapote le confesó a Sofía que no estaba interesado en rehacer su vida. Le agradaba su soltería, y era una forma de vida que le permitía vivir tranquilamente y ocasionalmente darse el gusto de jugar al amor. Sofía se sintió completamente fuera de lugar, en un instante pasó ante sus ojos la ridícula película de su relación. –Hay que ser realistas, esta “relación” nunca pasará de un divertido amorío por internet-, dijo Diego con la misma parsimonia que degustaba su pegajoso helado de zapote. Ya había pasado por el asunto de vivir en pareja, y si alguna vez se le ocurría renunciar a su soltería sería con alguien como su ex mujer. Sofía sintió como su cabeza se llenaba de un humo espeso que le impedía pensar con claridad. No quiso ni pudo reflexionar sobre lo que escuchaba. La rabia ascendió por su cuerpo como una venenosa hiedra que la constreñía hasta quitarle la respiración. En sus manos temblorosas sujetaba el helado de dos bolas de mamey. De pronto un rayo de claridad iluminó su mente. Como ella se lo había dicho al propio Diego, en los inicios de la “relación”, todo era un juego en el que desde el principio, el único que tenía qué ganar con el divertimento pasajero era él, su “lobo de las altas montañas”; como muchas veces lo llamó mientras conversaban en largas noches de enajenación amorosa.

Sofía miró el helado, y sintió un poco de lástima por el destino de aquel postre tan exquisito. Mientras una larga lágrima recorría su mejilla izquierda, alzó en vilo la canastilla con el helado y lo dejó caer con toda su fuerza en la cabeza atolondrada de su compañero. Diego alzó la mirada confusa sin saber que pasaba. Los restos de helado caían, junto con trozos de galleta, por su humedecido cráneo. Cuando intentó montar en cólera se topó con dos teas encendidas en la mirada de Sofía, y entonces se quedó sentado sin atinar a moverse. – Malditos amores de computadora- se alejó murmurando Sofía a paso agigantado, mientras estrujaba entre sus dedos nerviosos los restos de plástico de la cucharilla, única sobreviviente del postre que el gentil Diego le había comprado para refrendar su afecto por ella.

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Silvia Latuff

Arquitecta, poeta, mujer emprendedora y obsesiva, tiene desde chiquita una pasión desmedida por la literatura y un apego patológico a las buenas películas, se especializa en el diseño de su propio interior y quisiera algún día compartir su corazón

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   relaciones, citas por internet, amor, soltería, decepción, Silvia Latuff

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