A los alumnos con cariño

 

 

                                                                         

por Guadalupe Cerezo

Ahí, en aquel olvidado rincón con polvo y telarañas, se erguía altiva y al mismo tiempo estática. Esa guitarra se encontraba rodeada por otros instrumentos que no tenían su porte y que yacían esparcidos sobre la enorme mesa del salón.

Era inevitable que, al pasar, los jóvenes asomaran su rostro por las ventanas para hurgar en ese espacio que hacía las veces de bodega. Agustín se quedaba absorto, la miraba con detenimiento y proseguía su camino.

Las clases, el juego y la lectura eran actividades cotidianas en las que participaban los adolescentes del 1º "A" de la Secundaria Ignacio Manuel Altamirano, de Yautepec, Morelos, tierra de recuerdos y amores, como el de El Zarco y Manuela y, por supuesto, el despertar de los primeros sentimientos, miradas, cortejos, primeros besos… y también de las decepciones de mis jóvenes alumnos, de quienes fui asesora durante los tres años (algo que no solía ocurrir con frecuencia).

Desde el principio, noté que en aquella generación existía una gran fraternidad que muy pocas veces observé durante todos los años que me desarrollé como docente. En ese conjunto sólido de muchachos, de características muy singulares, vislumbré varios líderes en formación: Germán, Fidencio, Mario, Francisco, Alberto, Salomón, el joven Fiz y, claro, Agustín —un jovencito de 14 años, solemne y observador— y José Luis —tres años menor—, quienes siempre andaban juntos.

La atención en aquellos lejanos días la acaparaba el joven Blanco, ese era el apellido de Agustín.


Sus ojos vivarachos escudriñaban todos los rincones de la institución. Hoy me atrevo a decir que también estudiaba a sus maestros. José Luis, por su parte, parecía aprender todo de su amigo, y sabía separar muy bien lo que no le parecía de él.

Todos los días de esos tres años me mantuve cerca y lejos de ellos. Los chicos que mencioné al inicio eran los más destacados, junto con otras señoritas, pero Agustín y José Luis sobresalían entre todos.

Ese grupo de primero de secundaria se ganó el cariño y la simpatía de la comunidad escolar, incluso de todo el personal de la escuela. Yo fui capaz de ver en todos esos jovencitos un futuro brillante, pues siempre demostraron empeño para aprender ciencias y artes; todos sabían tocar algún instrumento (guitarra, mandolina, flauta, violín).

Al término de ese ciclo escolar, Agustín se convirtió en el estudiante más destacado de todos los grupos de primero, seguido de su entrañable amigo José Luis. Yo los veía pasar con sus instrumentos musicales; ignoraba que el joven Blanco era muy pobre, pero aun así portaba una guitarra que, según me dijo, había comprado con mucho esfuerzo. Mi trato con ellos transcurría entre la música y la lectura de obras literarias. Los quería mucho, y creo que ellos a mí.

En el segundo año de secundaria, Agustín y José Luis volvieron a distinguirse por sus calificaciones entre toda la generación. Al iniciar el tercer año, sin embargo, el director de la escuela se presentó en el salón y, molesto, le pidió a Agustín que tomara sus cosas y que saliera de ahí. Me instruyó para que los tres nos dirigiéramos a la dirección, pues el asunto tenía que ver con un robo.

Cuando estuvimos en su oficina, con Agustín al lado, me dijo de manera enérgica: “Este muchacho sustrajo una guitarra de la bodega de la escuela el curso pasado”. No lo podía creer, y le pedí pruebas pues se trataba del único alumno con promedio de 10. Pensé, entonces, que esa era una acusación sin fundamento que se aclararía con el paso de los días.

La comunidad escolar, incluyendo alumnos, profesores y personal administrativo, estaba del lado de Agustín. No había quién pensara que eso era posible. Estudiantes y maestros se unieron y en bloque se dirigieron a la oficina del directivo para que se aclarara la situación. A los pocos días, Agustín Blanco regresó como héroe a la escuela.

Casi al término del último año de secundaria, la amistad entre mis alumnos y yo era muy sólida; era inevitable sentir tristeza porque pronto dejaríamos de vernos, y las experiencias vividas se convertirían en recuerdos inolvidables.

Pocos días antes de su partida, repasábamos la novela El Zarco y los 30 libros que habíamos leído durante esos tres años. Cuarenta minutos después de esa última clase me enteré de que Agustín había sido sorprendido robando un libro, y entonces, para mí, la verdad sobre el hurto de la guitarra había quedado al descubierto.

Al otro día, busqué a Agustín para hablar con él. Fue una conversación dolorosa, en la que había enojo y decepción. Él lloro y me prometió que me demostraría que sería un hombre de bien. Creí en su sinceridad.

En los años que siguieron recordaba a Agustín y en las acciones que había cometido, en el robo de una guitarra arrumbada con la que él pudo producir música; en el libro que, sin duda, hubiera devorado para seguir cultivándose; en su inteligencia y en la precariedad que lo había conducido a tomar esas y quizás otras malas decisiones.

Hasta la fecha, valoro mucho haber tenido la oportunidad de servir de guía para ese par de brillantes adolescentes y lamenté profundamente enterarme de que Agustín había perdido la vida a causa de una bala perdida, en el puerto de Acapulco; no obstante, también es una gran alegría saber que José Luis Urióstegui, mi alumno, hoy es un gran personaje en el estado de Morelos.

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   recuerdos, relatos, historias, alumnos

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